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A la memoria de Vicente Quirarte

Podría decirse que se debe a Felipe V en 1700, con las Reformas Borbónicas, el inicio que desencadenó cambios en el orden colonial que luego desembocarían en el movimiento de Independencia de México en 1810. Los autores franceses como Rousseau, leído por Miguel Hidalgo y Costilla, y Voltaire, de alguna manera tuvieron que ver con nuestra emancipación de España, que a su vez estaba colonizada por Francia en el orden de las ideas.

En México sería decisiva la influencia francesa. Discípulo de Augusto Comte, Gabino Barreda, fundador de la Escuela Nacional Preparatoria, fue también el introductor del positivismo. El ascendiente francés no sólo proyectó sus sombras y sus luces en las letras, sino también en la arquitectura, la moda y los estilos de vida. Una muestra de esto la da Claude Dumas en Justo Sierra. El México de su tiempo (1992).

Salvador Díaz Mirón fue un lector acucioso del genio francés y en particular del de Victor Hugo. A su vez, éste no fue ajeno a lo que sucedía en México, como muestra la carta que le dirigió a Benito Juárez desde su exilio en Guernesey para pedir la clemencia para Maximiliano antes de ser fusilado. La carta llegó un día más tarde.

El contacto entre Francia y México se materializa en una serie de eslabones que enlazan a figuras como Anatole France, Charles Baudelaire, Paul Verlaine, Francis Jammes o incluso Montaigne con Ramón López Velarde y con los poetas modernistas tanto como, más tarde, con Octavio Paz y José Emilio Pacheco. La relación entre Alfonso Reyes y Henri Bergson fue más allá de lo anecdótico, pues el pensamiento de éste nutrió al de aquél, como bien sabía Ramón Xirau.

La impronta de la poesía francesa del siglo XIX en la literatura mexicana se declinó en traducciones como las de Enrique González Martínez en sus Jardines de Francia (1915) y en la de Balbino Dávalos con Musas de Francia (1913). Más tarde, Jaime Moreno Villarreal tradujo Un tiro de dados jamás abolirá el azar (2ª edición revisada, Taller Ditoria, México, 2010) de Stéphane Mallarmé, a quien Alfonso Reyes ya había dedicado un "Culto a Mallarmé" y "Mallarmé entre nosotros". El eje del autor de La siesta de un fauno, imanta el pensamiento y la crítica poética de Reyes, pero también los de Juan Ramón Jiménez y alcanza a muchos otros. Al citar a Reyes no se puede olvidar a José Vasconcelos, a quien Claude Fell, dedicó una obra monumental: Los años del águila, 1920-1925 (2021). No puede descartarse a François Xavier Guerra con México: del antiguo régimen a la revolución (1985).

Este ascendiente alcanzó hasta la generación de los Contemporáneos y más allá. El entomólogo J. H. Fabre fue objeto de culto entre escritores como Luis Buñuel y fue traducido por Manuel Martínez Báez, padre del médico Adolfo Martínez Palomo. M.M.B tenía en su casa las obras completas de ese curioso observador según me consta. No podría entenderse el árbol crítico de los Contemporáneos sin la figura de Jorge Cuesta, lector de Montaigne y Julien Benda, autor de La traición de los clérigos. Louis Panabière hizo una tesis sobre Jorge Cuesta titulada Itinerario de una disidencia. Muchos de ellos no solo leyeron a Marcel Proust y Paul Morand, sino que incluso los tradujeron y eventualmente los estudiaron. Ángel Zárraga, vivió gran parte de su vida en Francia y fue parte del Ateneo de la Juventud. El cubismo y otras corrientes pictóricas alimentaron su obra. Fervoroso católico, gracias a Andrés Ordóñez se sabe que decoró una iglesia en Marruecos. El 11 de febrero de 1931 Antonieta Rivas Mercado se suicidó en la Catedral de Notre Dame.

La presencia de Francia en la obra de Alfonso Reyes ha sido documentada por Paulette Patout: Alfonso Reyes y Francia (1ª ed. francesa, 1978; 1ª ed. mexicana, 1990); por otro lado, cabe recordar que el regiomontano sostuvo con Valery Larbaud, quien tradujo Hierbas del tarahumara, una correspondencia editada por la misma Patout (1989). Recientemente se publicó en Nuevo León la obra Alfonso Reyes: dos años en París (1925-1927) con documentos inéditos y textos de David Noria, Fabienne Bradu, Guillaume Pierre, José Luis Martínez y Hernández, Victor Barrera Enderle, Javier Garciadiego y yo mismo; este andamio editorial sirvió para la exposición recientemente realizada por la Casa de México en la Cité Universitaire de París.

Algo semejante podría decirse de Octavio Paz, quien escribió parte de su obra en el Hexágono y fue traducido y reconocido allá, por ejemplo por Gallimard. La crítica de arte de Charles Baudelaire fue decisiva en la formación del espíritu crítico del mexicano; también lo fueron las obras de Guillaume Apollinaire, André Breton, Benjamin Péret, Henri Michaux, Marcel Duchamp y Claude Lévi-Strauss. Jean-Clarence Lambert tradujo Águila o sol y de ahí se desprende una correspondencia con el poeta mexicano: Jardines errantes (2014).

Paz fue amigo y lector de Albert Camus, quien lo cita en su correspondencia con María Casares. A los franceses no dejó de atraerlos el firmamento mexicano: Antonin Artaud viajó a la Sierra Tarahumara a medir sus sueños con el peyote; André Pieyre de Mandiargues y su esposa Bona, se adentraron por los territorios nacionales; Jules Verne fue leído por Gerardo Deniz. José Luis Rivas, ha traducido a Arthur Rimbaud (Una temporada en el infierno, 2019; Iluminaciones, 2019), a Saint-John Perse (Elogios. Obra poética completa, 1991; Anábasis, 2010; Pájaros, 2005), a Aimé Césaire (Cuaderno de un retorno al país natal, 2023) y a Georges Schehadé (Las poesías, 2021; El narrador de un solo amor, 2021). Coral Bracho trasladó en 1977, para la Revista de la Universidad de México, el ensayo de Gilles Deleuze y Félix Guattari titulado Rizoma: una introducción. De hecho, pocos saben que el autor de La revolución molecular estuvo en Cuernavaca, en el cuarto Encuentro Internacional de Antipsiquiatría y que la poética de Coral Bracho debe mucho al rizoma. A Danivir Kent se debe Fuego en la pupila. Un acercamiento a "El libro de las semejanzas" de Edmond Jabès (2023).

La atracción mexicana se ha ejercido sobre los estudiosos del pasado prehispánico y colonial y moderno, como Jacques Soustelle, Marcel Bataillon, Robert Ricard, Jacques Lafaye, Serge Gruzinski. A Jean Meyer se deben los tres tomos de La cristiada, que reconstruye acuciosamente la guerra religiosa de 1926. A Jean-Marie Gustave Le Clézio se debe una cauda de publicaciones que van desde su estudio profundo de la Relación de Michoacán hasta su último libro Tres entradas a México (2025). Hay que agradecer a Fabienne Bradu los estudios sobre André Breton, Benjamin Péret, Antonin Artaud, Georges Simenon, André Maurois y Albert Camus. Mención aparte merece François Chevalier con La formación de los latifundios (1976), becario, bibliotecario, profesor y director del IFAL. Su obra fue dirigida por Marc Bloch y contó con la orientación de Fernand Braudel y Robert Ricard. Es, además, autor del libro Viajes y pasiones. Imágenes y recuerdos del México rural, libro de fotografías hechas durante sus viajes por México, en colaboración con Javier Pérez Siller (1998). Entre las nuevas generaciones de investigadores franceses destaca Cathy Fourez, Los tratamientos del género policiaco en la obra narrativa de Jorge Ibargüengoitia (2004) y Vidas de sangre. Mujeres en la narrativa mexicana (2021).

No en balde, un narrador como Carlos Fuentes está enterrado en el cementerio de Montparnasse: en sus cenizas alienta la lectura de Honoré de Balzac, autor de La comedia humana, obra que el mexicano emuló con un ciclo narrativo que podría llamarse comedia mexicana. Florence Olivier ha estudiado la obra del autor de La muerte de Artemio Cruz. Elena Poniatowska, nacida en París, entrevistó a André Malraux y a Abbé Pierre. Luis Villoro tradujo El Principito de Antoine de Saint-Exupéry. Carlos Chávez tuvo correspondencia con varios músicos franceses, entre ellos Edgard Varèse. Mario Lavista dirigió la revista Pauta, donde la música francesa —por ejemplo la de Frédéric Chopin— no está ausente. Teodoro González de León fue discípulo de Le Corbusier.

En 1974 la Universidad de Perpiñán fundó un Centro de Estudios Mexicanos en alianza con el historiador Jean Meyer, a quien Daniel Cosío Villegas hizo enviar un acervo de libros editados por el FCE. Dicho centro lo dirigió luego Louis Panabière.

Autores más jóvenes como Jorge Aguilar Mora y Alberto Ruy Sánchez fueron discípulos de Roland Barthes. La obra de Salvador Elizondo no sería comprensible sin la presencia de Paul Valéry y el legendario cirujano Louis Hubert Farabeuf, que le da nombre a su novela. Tomás Segovia tradujo a Víctor Hugo, pero antes al psicoanalista Jacques Lacan. Margo Glantz es una lectora asidua de Georges Bataille y estuvo hospedada en la Casa de México en la Cité Universitaire de París en alguna época; ahí atendió las lecciones de Martin Buber en el College de France. También por esa casa pasaron Emilio Uranga y Gabriel Zaid.

Una presencia clave en la vida editorial mexicana fue la de Laurette Séjourné, esposa de Arnaldo Orfila, a ella se debe en buena medida que Claude Lévi-Strauss y Michel Focault formen parte del catálogo de Siglo XXI editores (Tatiana Coll, Entre Quetzalcóatl y el Che. Laurette Séjourné: una vida a contracorriente en el México del siglo XX,2020).

El libro de Michel Foucault sobre Raymond Roussel, tan leído por los surrealistas, fue una de mis primeras reseñas publicadas en el suplemento La Cultura en México, animado por Carlos Monsiváis. Christopher Domínguez ha leído con devoción al crítico literario Sainte-Beuve, amigo de Victor Hugo. Jesús Silva-Herzog Márquez se desenvuelve cómodamente explorando la obra de Alexis de Tocqueville. Enrique González Pedrero trasladó La democracia en América.

El Instituto Francés de América Latina, fundado en 1944, ha sido el eje de una serie de actividades. Tengo en mis manos un ejemplar del 21 de marzo de 1946 donde se materializa la convergencia del espíritu francés y del mexicano, con las colaboraciones de Joaquín Xirau sobre Antonio Caso, Robert G. Escarpit y los poemas de Paul Éluard, Robert Desnos y Max Jacob, escritos en la resistencia contra los nazis. Además de ser un lugar donde se aprendía el idioma y la civilización, era y es el espacio de una serie de actividades culturales, entre las cuales se recuerdan las conferencias de Alfonso Reyes con Jules Romains, quien vivió en México. El IFAL también era el lugar en el que había un cineclub, que todavía existe. Ahí convivían José de la Colina, Sergio Pitol y Jomi García Ascot, entre otros. También había una hermosa biblioteca en la cual pude leer la Nouvelle Revue Française y la revista Critique, entre otras publicaciones.

Algunos mexicanos que han pasado por Francia son: Fernando del Paso, Luis Villoro, Silvio Zavala, Jorge Carpizo, Guillermo Sheridan, Álvaro Uribe, Silvia Eugenia Castillero, Tedi López Mills, Javier Pérez Siller y Audomaro Hidalgo.

La historia de las relaciones editoriales entre México y Francia no puede olvidar la fundación de las Ediciones Quetzal, que en 1939 publicaron el libro sobre Cervantes de Jean Cassou, amigo de Alfonso Reyes; la obra Candide de Voltaire en francés; la de Diderot, Le Neveu de Rameau (1943); y la de Roger Caillois, La Communion des forts. Études de sociologie contemporaine (1943). También en español publicaron el libro de Víctor Serge Hitler contra Stalin (1941).

Hace unas semanas estuve en La Maison du Mexique, o Casa de México, en la Cité Universitaire de París, para hablar de los ochenta años de Jean Meyer y para recordar a Louis Panabière. Estuvieron presentes ahí la directora de la casa Tania Enríquez, Alejandra Moreno Toscano. Tomás Calvo, Florence Olivier, entre otros. ¿No es cierto que la historia de las ideas pasa necesariamente por el repaso de las efemérides?


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