Eficaz y discreto como acaso ningún otro en el oficio, Eduardo Huchín Sosa, además de ser el editor literario de LetrasLibres, es un notable crítico musical. Él mismo lo explica en su última recopilación, a saber, La consagración de la maldita primavera. Ensayos sobre música y libros (UANL, 2025), donde nos pone en el mapa: nacido en Campeche (1979), le tocó ese tramo del fin del siglo XX cuando se popularizó el disco compacto, hacia 1992; se fueron los vinilos para volver décadas después, cuando los más viejos ya no tenemos tiempo (ni ganas, en mi caso) para regresar a ellos. En el año 2000 no se acabó el mundo ni enloqueció la red, pero despertamos al nuevo siglo con el estruendo del 11 de septiembre de 2001.
En el ínterin, el adolescente ya melómano que era Huchín Sosa, además de participar como instrumentista en bandas de grunge, trash, black metal y fusión tropical, le tocaba imaginar música "en estado de gracia" pues a aquel puerto llegaban tarde, o de plano no llegaban nunca, los conciertos y las grabaciones, inexistente aún esa audio–videoteca universal que es YouTube. Esa dedicación forzosa al arte de imaginar cómo sonaba lo inaudible, educó su oído e hizo de él un crítico musical todo terreno, dirían los españoles, a quien nada monódico, melódico, armónico, "ruidista" (lo llamaba Alfonso Reyes en el mismísimo París de Stravinski), contrapuntístico o silencioso, le es ajeno.
En ese caso, decidí no repetir el experimento realizado para reseñar el periodismo cultural de Mariana Enríquez (El otro lado. Retratos, fetichismos, confesiones, 2020) y ponerme a buscar, tras ella, durante los ocios de la pandemia y precisamente en YouTube, los grupos o solistas que reseñaba: vi, me divertí, oí y me aburrí también, pero al día siguiente lo había olvidado todo.
Mi lectura fue así, detestablemente aleatoria, como debe ser la del orden sapiencial: me interesó, por supuesto, la música bajo el dominio soviético, asiduo como soy de las biografías de Dmitri Shostakóvich. Hasta en ese mundo del Terror sonó la música y poco antes del mediodía de la centuria hasta los verdugos eran melómanos o al menos estaban familiarizados con Franz Schubert, de lo contrario no existiría esa casi metáfora de la banalidad del Mal que fueron aquellos exterminadores, quienes tras dejar de operar las cámaras de gas, se refugiaban en sus hogares a disfrutar, dice el tópico, de la música. Le faltó acaso, a Huchín Sosa, hacerle los honores –el caso de Olivier Messiaen y de otros músicos– a quienes en esos mismos mataderos ofrecieron el contrapunto y les asistió la bendición de formar orquestas o de componer piezas. Algunos de ellos no salvaron sus vidas, pero ratificaron ante lo alto la complicidad entre la música, los dioses y los hombres.
Menos lúgubre, desde luego, es el interés de Huchín Sosa por la narración no cronológica de la historia musical donde gracias a sus lecturas se conectan elementos no tan obvios como la relación de las "mujercitas" –en Louisa May Alcott y en Jane Austen– con esa cosota que resultó ser algo más que un mueble sonoro al quedar entronizado, en los hogares, por los románticos decimonónicos: su diabólica majestad, el piano. Y de las vidas de Julio Iglesias, de las Mierdas Punk, de Alex Lora o de Britney Spears (vaya trama negra), de no ser sus viñetas en La consagración de la maldita primavera, nunca las habría conocido.
Gracias a la claridad de Huchín Sosa ingresé a tierras ignotas (algunas ya anunciadas por Enriquez) como la relación del castrismo y el rock o enriquecí mi anecdotario –habiendo sido educado por esa máxima de Jomí García Ascott de que sólo hablar de música es mejor que escucharla– con un Arnold Schoenberg utilizando el estuche del violín para transportar pelotas de ping pong y raquetas, con los loros de Richard Wagner (agradecería yo una lectura de Huchín Sosa de ese gran antiwagneriano contemporáneo que fue Peter Kivy) o con la osadía de Mauricio Kagel fingiendo tocar una sonata de Paul Hindemith.
En cuanto a las bien conocidas excentricidades de Glenn Gould, confieso haberlo amado y odiado, y odiado y amado otra vez. Harto, ya no sé qué pensar de él, finalmente, aún admitiendo que encarnó lo que los años sesenta y sus enconos, le dieron a la música clásica. Ignoro qué oír de él, para decirlo con propiedad, y si podré volver a escucharlo sin ira y con estudio.
Particular importancia tiene la reseña de Huchín Sosa de las reflexiones de Alex Ross (y de El arte de los ruidos, de 1913, de Luigi Russolo) sobre lo que hay entre el ruido y el silencio. Se dice con verosimilitud casi piadosa (en el sentido pietista de la palabra) que quien ama la música ama el silencio, lo cual no necesariamente es sublime. Hasta quienes gustan de los mariachis (a mí me dan horror) se sienten aliviados cuando se despiden y gran música (alguien en La consagración de la maldita primavera lo dice) es aquella que se apodera hasta del silencio que la sigue.
En cuanto a rock, me conmueven Patti Smith (ya se sabe) y los (extrañamente poco ruidosos y hasta armoniosos) Sex Pistols, algo de Nina Hagen, pero nunca he rebasado ese estadio clásico punketo. Y de la otra música, me cuesta ir más allá de Bohuslav Martinu, aunque gracias a La maldita consagración de la primavera, lo volveré a intentar con Giacinto Scelsi: le hice la misma promesa a Hugo Gola en São Paulo, año de 1998 y fracasé. Fracasaré mejor, diría Samuel Beckett.
A ratos se me ocurre que los grandes virtuosos son malos orquestadores, quizá con la polémica excepción de Serguéi Rachmaninoff, de cuyo ente se apoderó Marylin Monroe, lo cual es otro asunto y es serio. Las orquestaciones de los conciertos para piano de Fréderic Chopin, como las que anteceden a la aparición de Niccolò Paganini en escena, son teloneras. En la página 131 de La consagración de la maldita primavera, Huchín Sosa cita a mi muy querido Alfred Brendel explicándose por qué –lo digo con mis palabras– los conciertos para piano de Franz Liszt son desastrosos. Brendel ofrece una explicación que no me satisface del todo: su técnica era superior a la de las orquestas de su tiempo, que acaso la mal interpretaban (en al menos dos sentidos de la palabra). Con Liszt, empero, reafirmo mi sospechacia. El universo sonoro de un solo instrumento no lo puede replicar, habitualmente, el virtuoso en el formato orquestal. Es monógamo y de vez en cuando se peina, sí, una cana al aire. No me queda espacio para hablar de las industrias transcripciones, fallidas muchas veces, aunque sean obraje de genios.
Me despido preguntándome qué pensará Eduardo Huchín Sosa del encono teórico de los Georges Steiner y de los Roger Scruton (sobre todo este último) contra el rock y el pop, cuando aseguran que sólo la escucha de la música de Bach o Beethoven, etc., es una verdadera iniciación, por su complejidad estructural, mientras que el resto es solamente mucho ruido y pocas nueces. Siempre he creído que se equivocan, pero carezco de las armas epistemológicas para rebatirlos, aun en mi fuero interno. Nunca he comprendido a quienes entran en trance escuchando a Charlie Watts o bailando reguetón. Mis trances son muy otros pero no me atrevería a negarle a los suyos esa categoría casi mística de la que yo me ufano al oír "mi" música.
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