El valor del lenguaje político y cotidiano
El significado de la realidad empieza por el lenguaje, las palabras que la nombran, el ejercicio a la interpretación y el derecho que tenemos a ejercer un lenguaje justo, en el que los valores éticos, la dignidad, lo que realmente pensamos y valoramos de y con los demás, nos permita asumir si tenemos, debemos y podemos construir microcosmos de futuros comunes.
Las palabras y el lenguaje en general no son vehículos transparentes a través de los que simplemente transmitimos información.
Reflejan convicciones, formas de pensar, prejuicios, creencias, capacidades de dilucidar lo que valen y valemos en las interacciones sociales, políticas, estratégicas, empresariales, familiares, socio comunitarias.
De esa forma -con lo que manifestamos a través de nuestras palabras- se diluyen o se preservan regímenes de verdad, de amistad, de lealtad, de facción, pero también de instrumentalización de ejercicios de violencia simbólica, de violencia de poder y dominación.
Cuando se instrumentalizan, sus efectos pueden ser profundamente negativos, de corto y mediano plazo: moldean nuestras decisiones, nuestros lazos de confianza, destruyen instituciones, planes y negocios estratégicos que se convierten en castillos de arena.
Puede ello implicar la destrucción de comunidades, conocimientos, libertades, derechos, conciencias, trayectorias laborales, científicas, formas de vida.
En regímenes políticos autócratas, la metódica violencia contra el lenguaje y el lenguaje del poder que se presume hegemónico y única verdad, puede implicar una deriva hiper coercitiva, represiva y autoritaria.
En los diversos microcosmos sociales, pueden también conllevar a regímenes, pautas y relaciones de desconfianza, violencia, escalando a nuevos abismos cotidianos lo que parecía sellado para siempre por pactos sagrados, fundacionales y de vitalidad incuestionable.
La nueva escala de hiperpoder que busca fincarse en distopías narrativas para manipular y controlar la realidad de sus gobernados, implica pues una especie de suspensión de las palabras de los demás, de las identidades, nombres y significados de la vida de los otros.
El extremo es la microviolencia política, social, familiar e interpersonal que supone el querer controlar lo que puede decirse y pensarse, asumiendo que es posible doblar la realidad para que se ajuste incluso a ficciones ideológicas.
El lenguaje puede llegar a convertirse en un instrumento de dominación y borrado, un arma contra grupos, pueblos y naciones, pero también en códigos algorítmicos para colonizar prácticas, idiomas y vidas sociales.
Como ha subrayado la semióloga Cécile Alduy, la ofensiva contra el lenguaje nos coloca a un paso de la producción de nuevos temores sociales, pánico social a regímenes de poder opresivos, pero también -por el lenguaje vuelto en régimen de violencia- a sistemas de vida hostiles en las relaciones, vínculos y lazos a escala política, privada e íntima.
De ahí la convicción foucaultiana de que si hay poder hay libertad, hay resistencia, y con ello, la cuestión del lenguaje propio, de preservar el cuerpo y la libertad de las palabras, su valor ético, hay sobrevivencia, derecho al lenguaje, sentido sensato del mundo, mente y habla capaz de afirmarse en todo microcosmos, privacidad, intimidad, espacio público, existencial y digital -enmascarado en sentido de espacio de poder privado de verdad y vitalidad en Canetti, o a la luz de todos- que no puede por nadie serle o sernos arrebatado.
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