La Cineteca Nacional, Coyoacán, exhibe Patria (Vaterland, Tierra de mipadre, 2026), cuyo director es Pawel Pawlikowski. Se trata de un filme muy bueno, muy recomendable, que se realizó con enorme economía y precisión en todos los niveles del lenguaje. Llegados a un punto, después de visitar las dos partes de Alemania en aquel 1949 de guerra fría en que habrán de nacer los dos países, Érika Mann echa reversa en el auto para llevar a su padre Thomas Mann a un edificio abandonado. Un organista toca en el piso superior una bellísima pieza de Johann Sebastián Bach; no hay barandal, y uno siente que la música nació al borde del abismo.
El autor de Buddenbrooks y La Montaña mágica se conmueve, por fin, ante aquella exposición y hasta explosión sonora de su idea del mundo y de la gran Alemania. Allí parece encontrarse un secreto, acaso el secreto para rescatar a Europa de la siempre acechante barbarie: la belleza.
Belleza, en fin. Un ejemplo de crítica a la noción clásica de este valor se encuentra en la famosísima imagen de Arthur Rimbaud: "Senté a la Belleza en mis rodillas y la encontré amarga. Y la injurié." Pero la belleza no muere, tal vez porque pese a todo es una de las cúspides de cualquier civilización y puede unir a muchas personas en su disfrute.
La prosa de Fernando Solana Olivares alcanza niveles de belleza y precisión en dos libros recientes: Péguese mi lengua (México: El tapiz del unicornio, 2025) y La canción de las hojas (Guadalajara / México: Mano Santa Editores, colección Prueba de Autor, enero de 2026).
No me resisto a transcribir como muestra las páginas iniciales de ambos libros. Comienzo con La canción de las hojas, que va siguiendo un ente crucial entre la materia orgánica y la materia inorgánica, a la vez leve y sugestiva, superficial y profunda:
Las hojas de una higuera cubrieron el sexo de la pareja adánica cuando se descubrió desnuda. La conciencia de sí es una hoja. Pero el jardín primordial quedó perdido al mirar el Creador ese súbito atuendo. Pudor, vergüenza, Timídez. Aquella hoja es el testimonio de que alguna vez fuimos en el paraíso.
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Un viejo diccionario cerrado representa la materia virgen. Al abrirse, se vuelve materia fecundada. Entre sus polvorientas hojas está la definición de la palabra hoja. Quizá nunca nadie en él la había inquirido. Hoja, del antiguo foja, o de igual significado. Las hay lineales, aciculares, aovadas, lanceoladas, aserradas, dentadas, escotadas, enteras, discoloras, nerviosas, digitadas, venosas, compuestas, escurridas, envainadoras o radicales. Toda hoja significa lo mismo, toda hoja resulta diferente.
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Existen las hojas de ruta que consignan las mercancías transportadas por un tren con todos sus pormenores. Las expide el jefe de estación. Sólo esas dos vías fijas que se pierden en el horizonte permiten garantizar el inventario.
Vivir en cambio, es ignorarlo de antemano, como se ignora la estación a la que se arribará o la autoridad que dará fe de la carga que se lleva. Vivir es carecer de hoja de ruta.
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El universo es un inmenso libro, escribió Mohyddin ibn-Arabi, el cual solemos abrir por una sola de sus hojas. Las epifanías milagrosas suceden cuando se atisban los pliegos siguientes, y las reminiscencias fulminantes ocurren como un regreso a páginas anteriores. Al universo lo componen sus hojas y es Dios quien escribe en ellas.
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Las hojas de palma seca tratadas con humo fueron un soporte milenario de la escritura. El diseño redondo y cursivo de muchas grafías resultó de una adaptación al uso de esas láminas vegetales que las letras angulares podían desgarrar. Antes aún las tablillas de arcilla grabaron caracteres, explicaron el mundo y contaron sus orígenes. Siempre las hojas sin importar su materia. Todo espíritu requiere una forma de manifestación.
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En yoga existe una postura que se conoce como de la hoja plegada. El cuerpo queda recogido e inmóvil, doblado sobre sí mismo. Se juntan las piernas para sentarse sobre los talones, la inspiración une los omóplatos, las manos detrás de la espalda dejan caer el tronco hacia adelante. La frente toca el suelo y sobreviene la metamorfosis: el cuerpo/mente ya es una hoja.
El libro en sí es un homenaje a la belleza editorial. Veamos ahora, como muestra de la fina prosa narrativa de Fernando, el inicio de Péguese mi lengua, cuya protagonista es la esposa de Miguel Miramón:
Esa incesante madrugada
1.
La sangre incendia lo que toca. Deja un rastro que es fuego.
Los tres cuerpos se desplomaron con desgano, uno tras otro, como si no quisieran morir del todo. Apenas entonces la luz del amanecer iluminaba suavemente las cosas, bruñía las siluetas y dulcificaba los rostros.
Los condenados habían subido a los coches velados todavía por la oscuridad que aquí y allá empezaba a rasgar la aurora. Cada uno iba acompañado del sacerdote que había escuchado su última confesión. Vestían de negro, como los cocheros que los llevarían al Cerro de las Campanas y los troncos de los caballos que mansamente iban detrás de los oficiales montados encabezando la caravana. Al final marchaba una división de caballería y de soldados a pie.
Las puertas y ventanas de las casas por las que iban pasando estaban cerradas y los pocos vecinos que desde las esquinas miraban el cortejo vestían prendas fúnebres. Algunas mujeres lloraban en silencio extendiendo los brazos como en una muda invocación. Un rayo de luz rasgó los vidrios de los tres carruajes y dentro se vieron semblantes graves pero serenos. Sólo uno de los tres condenados, cuya joven mujer corría al lado de la caravana gritando su nombre con el hijo recién nacido en brazos, parecía sentirse abrumado por tal persecución.
A las cuatro de la mañana habían escuchado misa en la capilla del convento de Capuchinas para recibir la comunión. Volviendo a sus celdas, dispusieron sus últimas voluntades y cada uno estuvo un rato a solas delante de sí mismo.
Los jinetes de la descubierta hicieron alto, los coches se detuvieron y el primero en descender fue el emperador Maximiliano. Luego bajaron los generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, quien aún mostraba la emoción de instantes anteriores. El emperador dijo cortésmente a sus compañeros de infortunio: “Vamos, señores”.
Antes, al encontrarse fuera de las celdas para abordar el carruaje donde viajaría cada uno, se abrazaron los tres: “¿Están listos, señores? Yo ya estoy dispuesto. Pronto nos veremos de nuevo en la otra vida”, comentó solemnemente el emperador. “Seguramente será mejor que ésta, majestad”, dijo Miramón.
Unos cuantos pasos colina arriba los esperaba un pelotón de fusileros apostado delante de un pequeño paredón y hacia él caminaron los tres reos escoltados por algunos guardias. La división de 4,000 soldados que hasta ahí los llevara formó en cuadro al pie del cerro.
Maximiliano y Miramón iban solemnes y erguidos, Mejía, desorientado y tembloroso por una reciente enfermedad, buscando a su mujer entre el pequeño grupo de espectadores que presenciaría el sacrificio, al principio fue sostenido por dos soldados pero más adelante rechazó la ayuda, se recompuso y caminó detrás de sus compañeros con toda dignidad.
La pequeña fila que ascendía hacia el patíbulo era llamativa: la encabezaba un alto hombre rubio de espesa barba, lo seguía un joven guerrero criollo y esbelto y al último venía un indígena de cuerpo macizo y expresión decidida. Lo que en los dos primeros parecía una serenidad transfigurada, en éste era una mera determinación.
Al alcanzar los tres el muro de adobes donde serían ejecutados y encarar al pelotón, contemplaron al fondo del valle la ciudad de Querétaro bañada por los primeros rayos del sol. No había nubes en el cielo y el aire de la mañana tenía una fragancia todavía primaveral.
Era el miércoles 19 de junio de 1867, día de Mercurio, dios de los vínculos entre lo divino y lo humano, con la Luna en cuarto menguante. Saturno, el señor de los anillos, padre del tiempo, y Júpiter, amo del rayo, el águila y el cetro dominaba el cielo durante las últimas noches que anticipaban el verano. Era conmemoración de Juliana de Falconeri, santa y virgen, fundadora de las Siervas de María, de Gervasio y Protasio, mártires de la fe. Y quinientos cuarenta y dos años atrás, en 1325, fue la fecha cuando Tenoch descubriera en un islote del Valle de México un águila posada sobre un nopal devorando una serpiente y ese signo le mostró que el peregrinaje de los aztecas llegaba a su fin.
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