Lloré viendo La captura. Y no por la violencia que retrata, a la que a los mexicanos parece importarnos poco. Me conmovieron sus héroes.
Dos policías federales se encuentran casi por azar frente al hombre más buscado de México. No son quienes encabezan el operativo para detenerlo ni pertenecen a una unidad de élite. Simplemente están haciendo su trabajo cuando el destino los coloca frente a El Chapo Guzmán.
A partir de ahí, la película, basada en la crónica de Héctor de Mauleón, reconstruye un suceso extraordinario. Los policías saben quién está frente a ellos y de qué es capaz la organización que dirige. Reciben amenazas, intentan comprarlos. Ellos no ceden.
¿Cómo se construyen policías, servidores públicos así?
Llevo algunos años pensando en nuestras policías. Cuando dirigía México Evalúa, trabajamos extensamente sobre su profesionalización. Hablamos de salarios, capacitación, carrera policial, controles de confianza, equipamiento, mandos y presupuestos.
Sigo creyendo que todo eso es indispensable. Pero La captura me hizo pensar en algo más profundo: la justicia organizacional.
¿Qué hace que una persona, cuando nadie puede garantizarle que saldrá bien librada, decida cumplir con su deber? ¿Cómo se construye una convicción suficientemente fuerte?
El término de justicia organizacional fue desarrollado en los años ochenta por estudiosos de las organizaciones. Escuché de él por un oficial del Scotland Yard que nos asesoró en algunos temas policiales en mis años en México Evalúa. La idea, en realidad, es bastante intuitiva: las personas juzgamos a la institución a la que pertenecemos también por la manera en que esa institución nos trata. Importa si las decisiones son justas, si las reglas se aplican de manera consistente, si somos tratados con respeto y si el mérito tiene consecuencias.
Años después, esa literatura llegó al estudio de las policías. La conclusión: una de las fuentes centrales de esa confianza es la identificación del agente con su propia corporación, y ésta está estrechamente relacionada con la percepción de que sus superiores actúan justamente.
Dicho de manera sencilla: es más fácil pedir integridad a quien pertenece a una institución de la que puede sentirse orgulloso. Eso obliga a mirar hacia dentro de nuestras policías.
Un policía aprende qué significa realmente portar un uniforme observando quién asciende y por qué. Aprende si su jefe respalda a quien hace lo correcto o al que tiene mejores relaciones. Sí, las sanciones se aplican a todos. Aprende qué ocurre con quien denuncia una irregularidad, si vale la pena esforzarse y si la institución responderá por él cuando llegue un momento difícil. La doctrina no se aprende solamente en una academia. Se construye todos los días. El sentido del deber requiere reciprocidad.
Un Estado que pretende que un policía esté dispuesto a arriesgar su vida por nosotros adquiere también una obligación hacia él. Tiene que darle entrenamiento, protección, herramientas, una carrera profesional y condiciones de vida dignas. No se puede pedir heroísmo desde la precariedad.
Todavía estamos lejos de conseguirlo. México Evalúa ha documentado las profundas carencias laborales de las policías municipales: salarios insuficientes, acceso desigual a seguridad social y enormes diferencias en prestaciones entre corporaciones.
Pero la justicia organizacional va más allá del salario. Es también tener buenos mandos. Saber que hacer bien el trabajo cuenta. Que las reglas son predecibles. Que la corrupción tiene consecuencias. Que la institución protege al policía honesto en lugar de convertirlo en el policía que “vive en el error”.
Hemos esperado que nuestros policías respeten instituciones que no siempre los respetan a ellos. Por eso La captura me pareció tan conmovedora y poderosa.
Durante décadas convertimos al narcotraficante en protagonista. Los policías quedaron relegados al papel de corruptos, incompetentes o irrelevantes. La película cambia el foco.
En esta película, El Chapo está ahí, pero la historia no es la suya. La historia es de dos servidores públicos ordinarios que, frente a una situación extraordinaria, decidieron cumplir con su deber. México necesita muchos servidores públicos así.
Pero no pensemos que van a aparecer por generación espontánea. La tarea de las instituciones es hacer que esas conductas sean cada vez menos excepcionales.
Los héroes existen y los hemos tenido entre nosotros. Pero los héroes también se construyen.
Contenido sindicado vía RSS de El Financiero. Nota original: https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/edna-jaime/2026/09/04/fabricar-heroes/