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Cumplir 60, 70 u 80 años no significa necesariamente tener un organismo que biológicamente corresponda a esa edad. Dos personas con la misma edad cronológica pueden presentar diferencias importantes en su estado físico, metabólico y cerebral. Esa observación ha llevado a la ciencia a hacerse una pregunta ¿cuántos años tiene realmente nuestro organismo?

La respuesta está relacionada con el llamado reloj biológico, un concepto que ha adquirido especial importancia en la investigación sobre envejecimiento. La edad cronológica se mide con el calendario; la edad biológica intenta estimar el estado real de las células, tejidos y órganos. El Instituto Nacional sobre el Envejecimiento de Estados Unidos reconoce actualmente más de 50 relojes moleculares diferentes, construidos a partir de información como cambios en el ADN, proteínas y otros indicadores biológicos.

El cerebro tampoco es una máquina que simplemente se desgasta. Durante mucho tiempo predominó la idea de que envejecer significaba perder inevitablemente neuronas y capacidades mentales. Hoy sabemos que la realidad es bastante más compleja. El cerebro envejece, sí, pero conserva una capacidad extraordinaria para adaptarse. Se trata de la neuroplasticidad, la capacidad del sistema nervioso para modificar conexiones y reorganizarse como respuesta al aprendizaje y a la experiencia.

De ahí surge otro concepto fundamental: la reserva cognitiva. Una persona que durante décadas ha estudiado, leído, aprendido idiomas, desarrollado habilidades, trabajado intelectualmente, mantenido relaciones sociales y enfrentado problemas complejos puede acumular una especie de “capital cerebral” que le permite afrontar mejor determinados cambios asociados con la edad.

No significa que sea inmune al deterioro ni que pueda evitar enfermedades neurodegenerativas. Significa que el cerebro puede disponer de mayores recursos para compensar determinadas pérdidas.

La evidencia reciente resulta especialmente interesante: un metaanálisis publicado en 2025, que reunió 24 estudios de neuroimagen y 606 adultos mayores, encontró que el entrenamiento produjo mejoras moderadas en el funcionamiento cognitivo y cambios en la activación de regiones cerebrales relacionadas con procesos ejecutivos y de integración.
Si existe algo parecido a un reloj biológico, ¿podemos influir sobre él? La respuesta prudente de la ciencia es: probablemente sí, aunque no existe una fórmula para detener el envejecimiento.

La actividad física, una alimentación adecuada, dormir suficientemente, controlar factores cardiovasculares, evitar el tabaco, mantener un peso saludable, cultivar relaciones sociales y continuar aprendiendo forman parte de los factores asociados con un envejecimiento cerebral más saludable.

El ejercicio resulta particularmente interesante porque no solamente beneficia músculos y corazón. Se ha relacionado con mecanismos que favorecen la circulación cerebral y la plasticidad neuronal. Sin embargo, la evidencia no debe exagerarse: revisiones rigurosas señalan que los efectos cognitivos del ejercicio en personas sanas pueden ser modestos y que todavía existen limitaciones metodológicas en muchos estudios.

El sueño también ocupa un lugar central. Dormir mal de manera crónica afecta atención, memoria y funcionamiento emocional; investigaciones recientes continúan relacionando los trastornos del sueño con un mayor riesgo de deterioro cognitivo y demencia.

El envejecimiento, por tanto, no es un interruptor que se enciende al cumplir determinada edad. Es un proceso gradual, condicionado por genética, ambiente, enfermedades, hábitos y experiencias.

La ciencia todavía no sabe cómo detener ese reloj. Tampoco existe un examen definitivo que pueda decir con absoluta precisión cuántos “años biológicos” tiene una persona. Pero la investigación está modificando una vieja idea: envejecer no significa simplemente perder; también significa adaptarse.

Quizá no podamos decidir cuántos años marcará nuestro calendario. Pero sí podemos influir, hasta cierto punto, en las condiciones en las que llegaremos a ellos.

El verdadero objetivo no debería ser vivir eternamente jóvenes, sino llegar a edades avanzadas conservando la mayor cantidad posible de autonomía, memoria, movilidad, curiosidad y capacidad para seguir aprendiendo.

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