ÚLTIMA HORA
6 min de lectura

Bajita la mano sí nos andamos empedando. Para capotear la borrachera –al menos la pronta borrachera–, mi amigo y yo iremos a comer. A echarnos un tentempié. Porque aquí, en la cantina La Potosina, no saben más que de chicharrones de ruedita y rugidores tequilas. Le pedimos la cuenta a López, el cantinero, y salimos de este tugurio.

Fuera, el cielo está despejado, con su azul de primavera y un sol enhiesto. ¿A dónde llevar a mi amigo? Rápidamente exploro en mi mente algunas posibilidades que orbitan alrededor de este “Cuadrante de la Soledad”, como llamó José Revueltas a esta parte del Barrio de la Merced, que está plagado de opciones gastronómicas, pero no así de lugares para refrescar el gañote que, al fin y al cabo, son nuestro timón en este etílico periplo.

Podríamos tomar rumbo hacia la vieja Alhóndiga de la ciudad, comer en la “Little Oaxaca” (mi restaurante favorito es el Xaachila), esa dimensión plagada de negocios con genuinos productos y fresca comida oaxaqueña que se levanta a la vera de la honda calle De la Santísima, bajo el amparo del barroco templo de la Santísima Trinidad, para luego recalar en la cantina La Peninsular.

Lee también: Estados de confinamiento. El arte relacional de Luis Manuel Otero Alcántara

Pero pronto recuerdo que juré no regresar más a esa tomaduría que, aunque es una de las más antiguas de la capirucha –nació el año en que murió el presidente Juárez: 1872–, fue víctima de la especulación económica y sus actuales dueños, avaros, acabaron con ella todita. La debacle advino con una remodelación. Sin el menor recato, arrasaron con todo el mobiliario, ¡incluyendo la barra! Nada quedó de esa belleza de cantina, empotrada en un chueco edificio de cinco siglos, enmarcada por las calles Alhóndiga, Corregidora y Roldán, justo donde las aguas del viejo Canal de la Viga entraban a la otrora ciudad anfibia y daban vuelta hacia la llamada Acequia Real.

Ni hablar, Peninsular, vaya madriza que te acomodaron. No hay moral. Sólo nos quedará el recuerdo… un recuerdo que, el director de cine Jorge Fons plasmó con tino en la enorme película El callejón de los milagros, adaptación de la novela homónima del escritor egipcio Naguib Mahfuz, que se filmó en esa cantina. El hecho es que, mi amigo (y todo el mundo) puede ahorrarse la visita a La Peninsular.

Lee también: Las formas del tiempo, reseña de Historias de fantasmas de Siri Hustvedt

Pienso. Otra opción: El Recreo de Manzanares (Manzanares 1), una de las últimas pulquerías centenarias de este cuadrante de la ciudad, junto con La Fuente de los Chupamirtos (Anaya 40) y La Carmelita (Roldán 24). Ofrece albo tlachicotón de Apan, curados de Alfalfa y Avena, y tacos de charales con limón y chiles habaneros tasajeados. Pero, a estas alturas del partido, no sé cómo nos caerá el pulque con los sendos mezcales que traemos entre pecho y espalda. Además, mi amigo es un comelón, y esos frugales taquitos no le van a llenar ni una muela.

A lo mejor es el mezcal en mí, pero, por un instante se me prende el foco: Vamos hacia el norte, concierto con mi amigo, al Puerto de Barcelona, una vetusta cantina enclavada en el corazón del viejo barrio de Atzacoalco, uno de los cuatro barrios históricos de la ciudad de Tenochtitlan. “Y en el camino haremos una parada estratégica en los Yeshua Tacos (Del Carmen 43): voraces, pringosos y gratos tacos de tripa, ubre, hígado y pajarilla de res”.

Echamos a andar por la calle Jesús María que más adelante toma el nombre de Loreto, por la plaza y el Templo de la Virgen de Loreto – nuestra Torre de Pisa, por su marcada inclinación– coronado por una rubia cupulota estilo neoclásico. A nuestra derecha aparece el exconvento de Santa Teresa la Nueva, de portadas gemelas, característica que indica que se trata de una casa de monjas.

Más adelante le señalo a mi amigo la Universidad Obrera de México fundada en 1936, sobre los restos del antiguo Colegio de San Gregorio, por Vicente Lombardo Toledano. Si tuviéramos tiempo, lo llevaría a conocer su biblioteca, que fue planeada y organizada por Salvador Novo y que tuvo como primer bibliotecario a Agustín Yánez, ese enorme jalisciense que escribió Al filo del agua. ¡Ora, no antojen! Ya me está dando sed.

Apuramos el paso y llegamos a las inmediaciones del Mercado Abelardo L. Rodríguez, erigido en 1934 (por el narcisista presidente sonorense que se atrevió a ponerle su propio nombre), sobre parte de lo que fuera el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, (la Ibero de su época), la “universidad” de los jesuitas en América, fundado en 1572.

De rapidín, llevo a mi amigo a mirar el mural-escultura del artista japonés Isamu Noguchi, que se encuentra en el lobby del teatro de este Mercado. El Abelardo es, además de mercado, un proyecto cultural emanado del ambiente posrevolucionario, de corte nacionalista, campesino, obrero y educativo. El inmueble, además de puestos, cuenta con teatro, el Teatro Álvaro Obregón, ahora del Pueblo, (diseñado por el escenógrafo Roberto Montenegro y decorado por un misterioso artista que firmaba como J. Campos W.), escuela, biblioteca y un complejo cultural.

Su arquitecto, Antonio Muñoz, encargó a Diego Rivera, como ya era costumbre, que pintara los muros del edificio. El genio guanajuatense entregó la misión a una pléyade de alumnos suyos, de entre los que destacan Pablo O´Higgins, Pedro Rendón, las hermanas Marion y Grace Greenwood, Miguel Tzab, Ángel Bracho, Ramón Alva y el propio Noguchi, para que, entre jitomates y cebollas, atiborraran las paredes de este atípico parián.

Luego de la ojeada, salimos y tomamos Del Carmen. A unos pasos se encuentra nuestra estratégica parada: los Yeshua Tacos, ubicados casi frente al Hospital Gregorio Salas, donde antes estuvo el famoso Cine Goya; a un lado del Café Goya; y a unos pasos de la Cervecería Goya, que existió en la esquina con Colombia. De todos estos establecimientos nació la porra de la Universidad Nacional: ¡Goya, Goya, cachún, cachún, ra, ra!, pues los universitarios solían irse de pinta a cualquiera de estos congales.

Benditos tacos. Salimos y ahora doblamos en Colombia. A la mitad de la calle, le refiero a mi amigo un sinuoso callejón, asfixiado por los puestos, de nombre Girón. Su traza irregular se debe a que sigue la frontera natural de la primitiva isla de Tenochtitlan. Más allá de este punto comenzaba el lago de Texcoco, le señalo. De hecho, Atzacoalco, el palpitante barrio en el que nos encontramos, puede traducirse como “la barrera sobre el agua”. ¡Y dale con el agua! Ya casi llegamos al Puerto de Barcelona, y entonces diremos salud.

Continuará…


Contenido sindicado vía RSS de El Universal Cultura. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/cultura/confabulario/para-llegar-a-buen-puerto/

Publicidad
Nota sindicada de El Universal Cultura · Leer la nota original ↗
Escrito por
El Universal Cultura
Fuente externa · Sindicación RSS · Carta de México

Contenido sindicado vía RSS desde El Universal Cultura. Los derechos pertenecen a su editor original.