ÚLTIMA HORA
Tirador "ultra derechista" mata a 6 personas y hiere a 16 más en Cracovia Desalojan sede principal de Caracol Televisión en Colombia por amenaza de atentado; policía de Bogotá la descarta La canción de las hojas y Péguese mi boca, de Fernando Solana Olivares Leclerc se está convirtiendo en la piedra en el zapato para Ferrari Los 49ers vuelven a casa, con la mira puesta en México «La vivienda se ha convertido en una mercancía y en un activo inmobiliario para inversión» La ética y la impunidad, sobre la corrupción en México Leclerc se está convirtiendo en la piedra en el zapato para Ferrari Nueva ley británica abre ventana legal en la lucha del ejido El Bajío contra Fresnillo Plc “La ausencia va dejando huellas no solamente en quien se va”: Alejandra Costamagna
5 min de lectura

La tercera parte de la Enciclopedia de las ciencias filosóficas en compendio, que Georg Wilhelm Friedrich Hegel publicó en 1817 y reelaboró en 1827 y 1830, se titula Filosofía del Espíritu y reúne lo que a primera vista parece un catálogo de asuntos dispares, que van del alma al arte pasando por el Estado. Las dos partes anteriores, la Lógica y la Filosofía de la naturaleza preparan el terreno para entenderlo todo: primero el pensamiento puro, después su exterioridad, y ahora el momento en que el pensamiento vuelve sobre sí mismo a través de la experiencia humana.

Los asuntos dispares los une una pregunta que atraviesa todo el sistema: qué ocurre cuando la libertad deja de ser una idea y empieza a organizar la vida de quienes la piensan. El Geist, el Espíritu que tantos manuales presentan como entelequia misteriosa, designa algo bastante concreto, la capacidad de los seres humanos de producir las formas en que se entienden a sí mismos, desde la psicología individual hasta las instituciones que gobiernan a un pueblo. Para recorrerlo, Hegel lo divide en tres esferas:

la primera esfera es el espíritu subjetivo, cuyo territorio es el individuo. Parte del alma, todavía pegada a la naturaleza, a los temperamentos y a las edades de la vida, y asciende hacia la conciencia, que se descubre frente a un mundo de objetos, y de ahí a la autoconciencia, que solo se afirma cuando otra conciencia la reconoce. Culmina en el espíritu propiamente dicho, donde la memoria, la imaginación, el pensamiento y la voluntad se organizan como actividades de un sujeto que ya no se limita a recibir impresiones. Lo decisivo es el estatuto que Hegel le concede a ese individuo: un resultado que depende de procesos anteriores a él. Nadie nace como sujeto libre. Se llega a serlo mediante la educación del hábito, el aprendizaje del lenguaje y el reconocimiento de los demás, y por eso esta psicología filosófica desconoce al yo aislado que la tradición moderna había instalado en el centro de la escena.

La segunda esfera, el espíritu objetivo, saca la libertad de la cabeza del individuo y la deposita en las instituciones. Aquí se despliega la materia de la Filosofía del derecho de 1820, en varios escalones. El derecho abstracto reconoce a cada persona como titular de propiedad y parte de contratos, una libertad formal que protégé al individuo y lo deja vacío de contenido. La moralidad introduce la conciencia que examina sus propios actos y exige que el bien nazca de la convicción interior, con una subjetividad tan exigente que puede volverse intolerante o impotente. Ambas figuras resultan parciales y desembocan en la eticidad, la Sittlichkeit, donde la libertad encuentra casa en costumbres y estructuras compartidas: la familia, que funda el vínculo en el afecto; la sociedad civil, que reúne a individuos en un mercado de necesidades y en corporaciones; el Estado, que intenta recoger esos particularismos en una voluntad universal.

El Estado ocupa en este esquema un lugar que le ha costado a Hegel dos siglos de reproches. Lo describe como la realidad de la idea ética, el ámbito donde la libertad deja de ser asunto privado y se vuelve estructura pública. Su fórmula de la libertad como estar consigo mismo en el otro cobra aquí sentido político: un ciudadano es libre cuando las leyes que lo obligan pueden ser reconocidas por él como obra de su propia razón. La tentación de leer esto como bendición del orden vigente es fuerte, y lo fue ya entre sus discípulos, que se partieron en hegelianos de derecha, cómodos con la monarquía prusiana, y de izquierda. Un Estado que se declara garante de la libertad racional no demuestra serlo por declararlo, y la historia ofrece abundantes regímenes que usaron ese vocabulario para exigir obediencia. El propio Hegel reconoció que la sociedad civil engendra una plebe empobrecida, el Pöbel, y no supo decir cómo remediarlo, lo cual deja la parte más frágil de su teoría justo donde más falta hace.

La tercera esfera, el espíritu absoluto, abandona la política para ocuparse de la manera en que el espíritu se contempla a sí mismo. El arte, la religión y la filosofía comparten un mismo contenido, la verdad sobre lo que significa existir, y lo que los distingue es la forma de acceder a él. El arte lo ofrece a la intuición sensible, en la piedra de un templo griego o en una tragedia ática, de modo que la idea se deja ver y tocar. La religión lo presenta a la representación, con imágenes, relatos y comunidad de culto, y en el cristianismo Hegel veía la forma más cercana al pensamiento puro porque su dogma central, un dios que se hace hombre y muere, tematiza la unidad de lo infinito y lo finito. La filosofía lo entrega al concepto, sin velos sensibles, y por eso ocupa la cima de la escala. Que el sistema se corone con la filosofía, y con la suya, despierta una sospecha legítima de autocomplacencia, aunque también contiene una exigencia seria: pensar es el modo en que el espíritu deja de ser ciego a su propia historia. De esa jerarquía nace su célebre tesis sobre el carácter pasado del arte, formulada en las Lecciones de estética, según la cual la modernidad ya no encuentra en la belleza sensible su necesidad más alta.

Leída hoy, la Filosofía del Espíritu deja una enseñanza incómoda para las culturas políticas que celebran al individuo soberano y para las que idolatran al Estado. La libertad requiere que la persona pueda reconocerse en las normas que la rigen y que esas normas resistan el examen de quienes viven bajo ellas. Entre la fantasía del yo autosuficiente y la sumisión al orden establecido, Hegel ofrece un camino más áspero y más fecundo, el de pensar las instituciones como obra humana susceptible de corrección, aunque la corrección nunca esté garantizada.


Contenido sindicado vía RSS de El Universal Cultura. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/cultura/confabulario/la-filosofia-del-espiritu-hegel/

Publicidad
Nota sindicada de El Universal Cultura · Leer la nota original ↗
Escrito por
El Universal Cultura
Fuente externa · Sindicación RSS · Carta de México

Contenido sindicado vía RSS desde El Universal Cultura. Los derechos pertenecen a su editor original.