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Ecuador perdió más de 21 mil 800 hectáreas de páramos y bosques andinos entre agosto y septiembre de 2026 por una ola de incendios sin precedentes. La superficie arrasada equivale al 91% de la mancha urbana de Quito, poniendo en jaque el abastecimiento de agua y la biodiversidad del país

Texto: Gabriela Ruiz Agila

Fotografías: Josué Araujo

QUITO, ECUADOR.- Ecuador perdió más de 21 mil 800 hectáreas de páramos y bosques andinos entre agosto y septiembre de 2026 debido a una ola de incendios forestales incontrolables. La pérdida de vegetación nativa equivale a ver desaparecer bajo el fuego el 91% de toda la mancha urbana consolidada de Quito, un golpe devastador para los páramos y bosques andinos que actúan como reguladores hídricos esenciales del país.

Para entender la magnitud de esta tragedia, basta imaginar que el fuego hubiera borrado casi por completo el mapa urbano de la capital, desde el extremo sur hasta el norte, dejando solo cenizas donde hoy hay asfalto y edificios. Ese es el tamaño real de la herida verde que sufrió Ecuador. Los datos provienen del propio Plan de Ordenamiento del Municipio de Quito (PMDOT), que calcula la zona construida de la ciudad en unas 23,846 hectáreas, una cifra casi idéntica a la superficie forestal destruida según el monitoreo satelital de Global Nature Watch.

Frente a este escenario agravado por el cambio climático, la respuesta institucional empieza a estructurarse: el GAD de Quito ya ejecuta su «Plan Fuego 2026» con una inversión de 7.5 millones de dólares enfocados en prevención, y ha anunciado un plan masivo de restauración y reforestación para las zonas afectadas como el cerro Castaqua una vez culmine la época seca. Por su parte, el GAD de Cotacachi, tras sufrir incendios críticos en las faldas de su volcán y la Reserva Cotacachi-Cayapas, ha activado sus comités de emergencia (COE) junto con organizaciones comunitarias ancestrales como la [UNORCAC] para diseñar planes de contingencia urgentes que protejan las fuentes primarias de agua y los pajonales frente al incremento extremo de las temperaturas en la alta montaña.

Bomberos exhaustos del Cuerpo de Quito después del tercer día de intensas labores tratando de sofocar el incendio en el cerro Casitagua, al norte de la ciudad de Quito. Fotografía: Josué Araujo. 19 de septiembre de 2026. Quito – Ecuador

La cronología del fuego el verano de 2026

Las alertas satelitales comunitarias e institucionales se encendieron con fuerza el 10 de agosto de 2026. Aunque brigadas de varias provincias lograron liquidar un primer gran foco de 690 hectáreas dentro del Parque Nacional Cotacachi-Cayapas el 15 de agosto, los incendios en las faldas del cerro Cotacachi y en cantones vecinos como Urcuquí reaparecieron de forma intermitente durante todo septiembre, extendiendo el daño hasta superar las 5,400 hectáreas hacia mediados de ese mes. Imbabura registra 553 incendios forestales en lo que va de 2026, pero solo hay una denuncia en la Fiscalía.

El Sistema Nacional de Gestión de Riesgos, en articulación con los Cuerpos de Bomberos, Gobiernos Autónomos Descentralizados (GAD) y otras instituciones, atendió 1.314 incendios forestales, que afectaron aproximadamente 9.760,69 hectáreas de cobertura vegetal. En julio se registraron 631 eventos con 2.670 hectáreas afectadas, mientras que entre el 1 y el 19 de agosto se contabilizaron 683 incendios y 7.090,69 hectáreas afectadas, convirtiéndose en el mes de mayor afectación del 2026.

Quito experimentó picos críticos a lo largo de todo el verano, registrando eventos masivos desde el 2 de agosto en Itulcachi y El Quinche. La situación escaló drásticamente a mediados de septiembre: solo el 16 de septiembre se desató un voraz incendio que consumió los bosques de La Vicentina e Itchimbía, mientras de forma paralela el fuego devoraba el cerro Casitagua, emergencia que obligó a realizar masivas descargas aéreas y que logró ser controlada recién el 22 de septiembre.

En septiembre de 2026, la emergencia se trasladó con fuerza al sur del país. Localidades de la provincia de Loja, en el cantón Vilcabamba, como Yasanga y Mollepamba, enfrentaron fuego activo por más de cuatro días consecutivos, destruyendo los sistemas de conducción de agua potable locales.

Cerca de 40 bomberos continuaban combatiendo el tercer día del incendio en el cerro Casitagua, a ellos se sumaron más de 100 moradores del barrio San José de Pomasqui para dar una mano y enfrentar juntos las llamas. Fotografía: Josué Araujo. 19 de septiembre de 2026. Quito – Ecuador

99% de los incendios fueron causados por el ser humano

Las bitácoras oficiales de Ecuador revelan que el 99% de los incendios fueron antropogénicos, es decir, causados por el ser humano. Las tres prácticas principales que se identificaron son: Quemas agrícolas (43%) que empeoran con vientos de más de 50 km/h; actos intencionales (30%) que pueden ir desde disputas de tierras al vandalismo; y quema de basura (22%).

Estos detonantes se vieron severamente agravados por el impacto térmico del Fenómeno de El Niño, que redujo la humedad del suelo a niveles mínimos históricos. El Niño se caracteriza por un calentamiento anómalo de las aguas del Océano Pacífico ecuatorial. Cuando el mar se calienta frente a las costas de Ecuador, altera la circulación de los vientos y la atmósfera. En la región Sierra (alta montaña y páramos), este fenómeno provocó un aumento drástico de las temperaturas diurnas y una prolongada ausencia de lluvias durante los meses de verano.

El verano de 2026 marcó récords históricos de calor. Al perder su humedad, el pajonal, matorral andino y los bosques nativos se convirtieron en combustible seco y altamente inflamable. Bajo estas condiciones climáticas, cualquier chispa generada por el ser humano (sea por quema agrícola o intencional) encontró un entorno óptimo para propagarse a gran velocidad, empujada además por vientos fuertes.

Pichincha superó de manera sistemática los valores habituales de la década pasada cuando las máximas rondaban los 23 °C para consolidar temperaturas que superaron los 27 °C y 28 °C. Imbabura registró picos ambientales de hasta 27 °C y 28 °C; por su parte, Loja registró picos de hasta 27 °C en zonas altas y hasta 33 °C en sus áreas de transición y bosque seco.

En el Litoral, las provincias bajo mayor atención son Manabí, Guayas, Los Ríos y El Oro. En estas zonas se esperan las temperaturas más elevadas del país, con máximas que pueden alcanzar los 35 °C, según datos del Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología (Inamhi).

De acuerdo con el centro de datos climáticos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA por sus siglas en inglés National Oceanic and Atmospheric Administration) y Copernicus, el mes de agosto de 2026 se ubicó globalmente en el top 4 de los agostos más cálidos registrados en la historia de Sudamérica. Este pico térmico fue potenciado por lo que los científicos de la OMM han catalogado como un fenómeno de «Súper El Niño», el cual registró temperaturas en el Pacífico ecuatorial oriental que superaron en más de 3 °C el promedio habitual.

Muchos animales domésticos y silvestres se vieron afectados por el incendio en el cerro Casitagua, al norte de la ciudad de Quito. Ciudadanía y organizaciones animalistas como Urbanimal prestaron auxilio y acogida. Fotografía: Josué Araujo. 19 de septiembre de 2026. Quito – Ecuador

Pérdida de Reguladores Hídricos

La pérdida de biodiversidad en los incendios andinos de 2026 para Ecuador representa un apagón ecológico integral.

Para medir científicamente esta tragedia, organismos internacionales como la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) aplican las metodologías de la Evaluación de la Degradación de Ecosistemas y el cálculo del Índice de la Lista Roja de Ecosistemas, los cuales evalúan el colapso de un hábitat basándose en la pérdida de sus funciones vitales y el riesgo de extinción de sus especies endémicas.

El fuego destruyó ejemplares centenarios de frailejones (Espeletia) en Carchi e Imbabura; estas plantas emblemáticas crecen apenas un centímetro por año, y su desaparición elimina la capacidad natural de capturar la niebla de la alta montaña para regular los ríos.

Paralelamente, la quema de los pajonales de páramo (Calamagrostis) dejó al descubierto el suelo altoandino, exponiéndose a una desertificación acelerada, mientras que bosques nativos de árboles de papel (Polylepis) y guayacanes (en el bosque seco) sufrieron daños irreversibles, perdiendo su función clave en la retención de carbono y la estabilidad de las laderas andinas frente a futuras lluvias.

El humo y las llamas desarticularon los hogares de especies emblemáticas. El oso de anteojos (Tremarctos ornatus) sufrió la fragmentación severa de sus corredores biológicos en Pichincha y Loja, forzando a los ejemplares a desplazarse hacia zonas pobladas en busca de refugio. Organizaciones científicas como WCS Ecuador e investigadores de la UTPL sostienen históricamente que la quema de los páramos destruye las achupallas que son el corazón de la dieta de estos osos, lo que fragmenta su hábitat y los obliga a acercarse a zonas agrícolas, aumentando el conflicto con los seres humanos.

En las zonas altas, aves como el cóndor andino y el curi quingue perdieron sus áreas por la densa humareda, mientras que en las quebradas de Quito los nidos de colibríes endémicos, búhos terrestres y águilas de rabadilla blanca se redujeron a cenizas. Insectos polinizadores esenciales, lagartijas y serpientes de bosque seco fueron incapaces de escapar de la velocidad del fuego.

Grupo de bomberos tratando de recuperar energías después del tercer día de intensas labores tratando de sofocar el incendio en el cerro Casitagua, al norte de la ciudad de Quito. Fotografía: Josué Araujo. 19 de septiembre de 2026. Quito – Ecuador

¿Se mide el impacto en Ecuador como ALTO?

Siguiendo la metodología del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (por sus siglas en inglés, Intergovernmental Panel on Climate Change), y de la Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres de la ONU, el impacto en Ecuador es de nivel Alto. La crisis ecuatoriana de 2026 supera la categoría de un desastre ambiental aislado para convertirse en una amenaza a la seguridad nacional.

Para un país geográficamente pequeño como Ecuador, perder más de 21,800 hectáreas en apenas 60 días (un área casi idéntica a la mancha urbana de su capital) representa una tasa de destrucción proporcionalmente muy alta respecto a su suelo vegetal disponible.

Los ecosistemas afectados —los páramos y bosques de Polylepis— están catalogados por la metodología de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) como ecosistemas de alta fragilidad y baja resiliencia. Un bosque seco o un pajonal andino degradado por el fuego a más de 3,000 metros de altura puede tardar entre 30 y 100 años en recuperar su capacidad original de retención de agua y regeneración de suelo, multiplicando el riesgo de desertificación acelerada.

El «Índice de Severidad de Sequía Agrícola» sitúa a las provincias de la Sierra ecuatoriana bajo una presión drástica. Si bien el fenómeno de El Niño es la causa principal del estiaje y de la reducción en los caudales de los ríos que alimentan el sistema hidroeléctrico nacional, la simultánea destrucción de los páramos altos agrava drásticamente la crisis. ¿Está en riesgo el abastecimiento de agua potable en Quito, Ibarra o Loja?

Cabo Torres, mujer bombero del Cuerpo de Quito, participa en las labores de sofocamiento de incendio en el cerro Casitagua. Fotografía: Josué Araujo. 19 de septiembre de 2026. Quito – Ecuador

Está en riesgo nuestro futuro

Científicos, colectivos ciudadanos y organizaciones no gubernamentales (ONG) locales y globales han alzado la voz para advertir que lo que se quemó no es solo paisaje, sino nuestra propia viabilidad de futuro:

«Ver arder las quebradas y el cerro Casitagua es ver morir los últimos pulmones de contención que nos quedan», claman activistas del colectivo Quito Sin Minería. Para los quiteños, el drama es inmediato: Un oso andino huyendo en la zona de Rayocucho debido a que el fuego consumía la vegetación del cerro Casitagua o encontrar colibríes calcinados en las veredas conmovió a las vecinas y vecinos de la capital.

De igual forma, los pobladores captaron en video a un oso de anteojos desplazándose alrededor de la laguna de Cuicocha por los incendios ocurridos en las faldas del volcán Cotacachi. En la provincia de Imbabura, la herida de los incendios afecta a la soberanía hídrica y alimentaria. La Unión de Organizaciones Campesinas e Indígenas de Cotacachi (UNORCAC), la destrucción de la zona de amortiguamiento de la Reserva Cotacachi-Cayapas es un atentado directo a la micro-biodiversidad de sus

Incendio en el cerro Casitagua, al norte de la ciudad de Quito. Registro de jornadas de trabajo entre bomberos y comunidad a la medianoche. Fotografía: Josué Araujo. 19 de septiembre de 2026. Quito – Ecuador

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