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El T-MEC está entrando en una etapa que exige mucho más que buenos negociadores comerciales. Exige visión de Estado. Lo que ocurre entre Estados Unidos, Canadá y México ya no es solamente una discusión sobre aranceles: es una competencia por decidir dónde se producirán los empleos, la tecnología y las cadenas estratégicas de las próximas décadas.

Canadá acaba de mandar una señal contundente. Su gobierno anunció una inversión de 4,700 millones de dólares canadienses para adquirir y mantener 313 carros de pasajeros de VIA Rail que serán fabricados en Canadá. Por primera vez en cuatro décadas, esos equipos volverán a producirse ahí. Parte de lo que antes se construía en Estados Unidos ahora se hará en Ontario y Quebec.

No es un dato ferroviario. Es política industrial. Canadá impulsa además su política de “Buy Canadian”. La respuesta a la presión comercial comienza a ser: comprar nacional, fabricar nacional y proteger cadenas nacionales. Ahí está el verdadero riesgo.

El T-MEC puede seguir existiendo jurídicamente y perder parte de su esencia si cada socio levanta, mediante aranceles, subsidios, compras públicas y requisitos de contenido, pequeñas fronteras industriales dentro de Norteamérica. Sería un error histórico. Durante tres décadas construimos cadenas integradas. Un automóvil incorpora acero, electrónica, motores y componentes que pueden cruzar varias veces entre México, Estados Unidos y Canadá. Deshacer esa integración elevaría costos y regalaría competitividad a Asia y Europa. México debe entender la señal sin simplemente imitarla.

Marcelo Ebrard se reunió esta semana con el secretario de Comercio estadounidense, Howard Lutnick, buscando avances sobre los aranceles al acero y los automóviles. México tiene razón en sostener que una cadena profundamente integrada no puede administrarse como si cada componente que cruza una frontera fuera una importación enemiga. Pero defender lo existente ya no es suficiente.

Un gran negociador no llega a la mesa únicamente con una lista de lo que no acepta. Llega con una propuesta que haga más costoso rechazarlo que acordar con él. México necesita proponer una nueva ecuación: producir más en Norteamérica para competir mejor contra el mundo. Hay que distinguir nacionalismo de seguridad económica. No es lo mismo exigir que todo se fabrique en un solo país que asegurar semiconductores, minerales críticos, medicamentos, energía, componentes automotrices y tecnologías esenciales mediante cadenas confiables en nuestra región. Ahí México tiene una gran oportunidad.

Tenemos geografía, manufactura, experiencia exportadora, talento y una red industrial construida durante décadas. Pero la geografía es ventaja, no garantía. Para convertirla en inversión necesitamos energía competitiva, infraestructura, aduanas modernas, seguridad, formación técnica y certeza jurídica. Las fábricas no llegan por discursos. Llegan donde pueden invertir hoy y confiar en que podrán producir mañana.

No debemos alegrarnos por las dificultades entre Washington y Ottawa. Canadá debilitado no significa México fortalecido. Una Norteamérica fragmentada es menos competitiva para todos. La oportunidad mexicana consiste en proponer algo superior: que “Buy American”, “Buy Canadian” o cualquier eventual “Compra Mexicano” evolucionen, en sectores estratégicos, hacia una lógica de “Build North American”.

Producir regionalmente aquello en lo que no podemos permitirnos depender de terceros. Crear proveedores donde hoy importamos vulnerabilidades. Desarrollar talento. Proteger inversiones. Medir contenido regional real. Fortalecer infraestructura. Y exigir reciprocidad.

México no debe conceder por miedo ni confrontar por orgullo. Cada concesión debe obtener algo; cada obligación debe producir certidumbre; cada regla debe aumentar, no disminuir, nuestra competitividad.

La revisión del T-MEC puede terminar siendo una pelea por repartir lo que ya existe o convertirse en el nacimiento de una política industrial norteamericana capaz de competir durante décadas. Esa es la decisión. No necesitamos tres países quitándose fábricas entre sí. Necesitamos tres países construyendo juntos lo que hoy compramos al resto del mundo.

México no debe llegar preguntando qué puede conservar. Debe llegar sabiendo qué puede construir, aportar y exigir. Porque en la nueva economía mundial, el socio más valioso no será necesariamente el más barato. Será el más confiable, el más estratégico y, sobre todo, el más indispensable. HACER EL BIEN! HACIÉNDOLO BIEN!


Contenido sindicado vía RSS de El Financiero. Nota original: https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/luis-wertman-zaslav/2026/09/04/fronteras-adentro/

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