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Dicen que puede ignorarse la realidad, pero no el costo de enfrentarla. Esta semana, Salvador Camarena y Carlos Loret documentaban las “correcciones” que el gobierno de Sheinbaum está teniendo que hacer, buscando revertir la destrucción causada por su antecesor: en materia de seguridad, salud, e incluso aeronáutica. Dudo que logren algo, porque el Estado ha perdido prácticamente toda su capacidad.

En Letras Libres, Sebastián Mazzuca y Carlos Elizondo hacen un amplio recuento de lo que llaman el “milagro” mexicano: comercio sin Estado. México es el único país latinoamericano que ha sido capaz de construir una base exportadora de manufacturas, gracias al TLCAN. Este año, por ejemplo, ha permitido aprovechar el auge de la inteligencia artificial que se refleja en un crecimiento espectacular de exportaciones de electrónicos, que ya hemos comentado aquí. Pero esa base productiva está teniendo que enfrentar un Estado sumamente débil, desmantelado bajo los últimos dos gobiernos.

Esta dinámica autónoma de la industria le da al caso mexicano una condición diferente de otros populismos latinoamericanos, dependientes de materias primas. Sin embargo, dicen Mazzuca y Elizondo, “esa estabilidad es una ventaja para el modelo exportador y una trampa para la política: permite que el deterioro institucional avance más lejos antes de que la crisis llegue, acumulando un daño que será más difícil de revertir cuando finalmente se haga visible.”

En esta columna hemos llamado Estado hueco a lo que los colegas describen. Sigue existiendo, pero sin capacidad alguna de gestión. Pueden reconocer el desastre en salud pública, pero no resolverlo; pueden manipular cifras, pero no cambiar los hechos; pueden fingir soberanía mientras responden, todos los días, a exigencias estadounidenses. Eso no va a atraer inversiones, sanear finanzas, o mejorar la situación de los mexicanos. La inercia proveniente de las administraciones anteriores: el comercio, los ahorros, las inversiones, han permitido sobrevivir ocho años de incompetencia y saqueo, pero nada dura para siempre.

Creo que ya es consenso el desastre que han sido los gobiernos de Morena. Prácticamente todos lo reconocen, enfatizando lo único que consideran rescatable: el mayor ingreso para una buena parte de la población, proveniente del gran incremento al salario mínimo y de las transferencias que, de acuerdo con la encuesta intercensal de INEGI, reciben 41% de los hogares. No podría uno esperar algo distinto del populismo económico, que gusta de vivir a crédito. Durante la actual administración no se ha creado ni un solo empleo formal, en parte porque el salario mínimo ya es una restricción, mientras las transferencias se financian con deuda. Le digo, nada dura para siempre.

Tenemos un Estado sin gobierno, centrado en mañaneras y en el eco que aportan los sicofantes. No puede garantizar seguridad nacional (todos los días se doblan), no puede impartir justicia (ya no hay Poder Judicial), no puede cubrir servicios de salud, de educación, no puede mantener la infraestructura. Los intentos de corrección que identifican Camarena y Loret no son sino eso, intentos que conocemos gracias a la mañanera, pero no en la realidad.

Pero la inercia ha postergado el ajuste, como dicen Mazzuca y Elizondo, haciéndolo más costoso. Esto parece increíble para muchos, como ocurrió en los años 70 y a inicios de los 90, por exactamente la misma razón: la ilusión de poder vivir por encima de los propios medios. En los 70, el ajuste ocurrió a través del tipo de cambio, pero en los 90 se repartió el impacto con la tasa de interés y la inflación. Ahora es más probable que sea más a través de esta segunda ruta.

Pero mientras el ajuste no ocurra, no faltarán defensores de quienes han destruido la capacidad del Estado mexicano. Después, sobrarán los reclamos. Como en las ocasiones mencionadas, será necesario administrarlos. Pero, con un Estado hueco, no se ve cómo.


Contenido sindicado vía RSS de El Financiero. Nota original: https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/macario-schettino/2026/10/21/esperando-el-ajuste/

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