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Donald Trump ha pedido a sus seguidores que voten como si su nombre figurara en la papeleta. La frase resume la apuesta de las elecciones legislativas del 3 de noviembre: convertir una renovación del Congreso en un referéndum sobre su presidencia.

El riesgo es evidente. Si los republicanos pierden, difícilmente podrá atribuir la derrota a candidatos que hicieron campaña bajo su sombra.

Estados Unidos decidirá cuánto margen concede a Trump durante los dos últimos años de su segundo mandato. También pondrá a prueba la capacidad de sus instituciones para transformar un eventual castigo electoral en límites efectivos. Una derrota puede debilitar al presidente sin desmantelar el trumpismo.

Los pronósticos de las encuestas

Las encuestas y proyecciones disponibles este 2 de noviembre son adversas para la Casa Blanca, aunque conviene distinguir entre intención de voto, estimaciones de escaños y probabilidades de victoria.

La encuesta Reuters/Ipsos concluida el 26 de octubre sitúa la aprobación de Trump en 32% entre los adultos y otorga a los demócratas una ventaja de nueve puntos entre quienes tienen mayor probabilidad de votar: 53% frente a 44%.

Marist, para NPR y PBS, registra una diferencia semejante: 52% frente a 44% entre votantes probables. En esa medición, realizada el 19 y 20 de octubre y publicada el 27, el 44% entiende su voto como un rechazo al presidente y apenas el 21% como un respaldo. El costo de vida y la preservación de la democracia encabezan las preocupaciones del electorado.

Las proyecciones refuerzan ese panorama. En su actualización del 1 de noviembre, el modelo FLIPR de Silver Bulletin atribuye a los demócratas alrededor de un 95% de probabilidades de recuperar la Cámara de Representantes y calcula una ganancia neta promedio de 25 escaños. Para el Senado, identifica una ventaja demócrata, pero una competencia considerablemente más abierta. Ese 95% expresa una probabilidad de controlar la Cámara, no un porcentaje de votos ni una garantía de victoria.

Cook Political Report proyectó el 30 de octubre entre doce y veinticinco conquistas demócratas en la Cámara, con la posibilidad de alcanzar 240 escaños. En el Senado, su análisis final considera a los demócratas ligeramente favoritos, con siete contiendas todavía muy disputadas. Inside Elections, por su parte, proyecta una ganancia neta demócrata de cuatro a seis bancas senatoriales. Son estimaciones distintas que coinciden en señalar un escenario favorable a la oposición, especialmente en la Cámara baja.

Estos datos describen tendencias, no resultados. El voto genérico ofrece una orientación especialmente útil para la Cámara de Representantes; el Senado depende de contiendas estatales con candidatos y electorados diferentes. Una ventaja consistente justifica hablar de favoritismo demócrata, pero no permite anunciar una ola irreversible ni convertir cada diferencia estrecha en una victoria asegurada.

El voto anticipado: una elección que ya está en marcha

La elección no comienza el 3 de noviembre. Según el recuento del Election Lab de la Universidad de Florida citado por Barron’s, al mediodía del domingo 1 de noviembre el voto anticipado ya superaba los 53.6 millones de sufragios, entre la modalidad presencial y las papeletas devueltas por correo. La cifra rebasa los 45.9 millones registrados en las elecciones de medio término de 2022.

El total seguirá aumentando con las actualizaciones de los estados y la recepción de votos por correo dentro de los plazos legales correspondientes. La movilización final debe, por tanto, concentrarse en quienes todavía pueden votar y en asegurar la devolución oportuna de las papeletas pendientes.

¿Cuál es la dimensión del electorado? Pew Research Center proyecta para 2026 unos 249.75 millones de ciudadanos adultos residentes en los 50 estados y el Distrito de Columbia: aproximadamente 250 millones. Es una estimación del electorado potencial, no un padrón nacional de inscritos; además, no descuenta ciertas inhabilitaciones legales ni incluye a los ciudadanos residentes en el extranjero.

Los votos anticipados contabilizados equivalen a algo más de una quinta parte de esa población de referencia. Su volumen evidencia la importancia de esta modalidad, pero no permite identificar al ganador: la afiliación partidaria de quienes han votado no revela qué candidato eligieron.

Los factores que perjudican a los republicanos

La vulnerabilidad oficialista tiene una raíz material. Trump regresó al poder prometiendo restaurar el bienestar cotidiano. Esa promesa se evalúa en el supermercado, el alquiler, la gasolina y la factura de los servicios. Si el presidente proclama una prosperidad que los hogares no perciben, la insistencia agrava la distancia. Ninguna sucesión de mítines sustituye una mejora del poder adquisitivo.

La guerra con Irán, iniciada en febrero, acentúa esa contradicción. Una presidencia que ofrecía evitar conflictos prolongados debe explicar ahora sus costos, sus objetivos y su horizonte de salida. El encarecimiento energético conecta la política exterior con la economía doméstica. En Reuters/Ipsos, 73% de los votantes considera que el costo de vida evoluciona en la dirección equivocada.

Los aranceles añaden otra tensión: pueden atraer como promesa de protección industrial y erosionar apoyos cuando elevan costos o perjudican exportaciones.

También pesa el ejercicio del poder. El respaldo al control fronterizo no equivale a una autorización ilimitada para procedimientos abusivos en materia migratoria. Los excesos pueden alejar a independientes, votantes suburbanos y parte del electorado latino.

A ello se suman las controversias sobre posibles conflictos de intereses entre los negocios privados de Trump, sus familiares y allegados y las decisiones públicas. La combinación puede resultar políticamente corrosiva: dificultades económicas para los ciudadanos y percepción de privilegios para quienes rodean al presidente.

La disciplina republicana ha agravado el problema. La lealtad a Trump funcionó como criterio de selección de candidatos y como límite al debate interno. Ahora dificulta corregir el rumbo. Ken Paxton, en Texas, ilustra el costo potencial de privilegiar una candidatura polarizadora en un territorio donde el partido esperaba competir con comodidad.

La disputa por la Cámara de Representantes y el Senado

La Cámara baja es el objetivo demócrata más accesible. Se renuevan 435 escaños y la mayoría exige 218. Tomando como referencia las 215 bancas obtenidas en 2024, los demócratas necesitan una ganancia neta de tres. Cada distrito propio perdido obliga a conquistar otro adicional.

Una mayoría demócrata mínima tendría capacidad para bloquear legislación e investigar, pero afrontaría sus propias tensiones para aprobar presupuestos y sostener una estrategia común. Para Trump, perder tres escaños y perder dos decenas no produciría el mismo mensaje: lo primero admitiría una explicación defensiva; lo segundo cuestionaría su capacidad para seguir ordenando al Partido Republicano.

El Senado exige una operación más difícil. Los republicanos cuentan con 53 asientos frente a un bloque de 47 integrado por 45 demócratas y dos independientes aliados. Se disputan 35 bancas. La oposición necesita llegar a 51 para controlar la cámara: cuatro ganancias netas. Un empate a 50 mantendría la ventaja republicana gracias al voto de desempate del vicepresidente, JD Vance.

Michigan es un estado clave que los demócratas necesitan conservar. Su candidato, Abdul El-Sayed, se enfrenta al republicano Mike Rogers. La decisión de la congresista demócrata Haley Stevens, derrotada por El-Sayed en las primarias, de respaldar a Rogers introduce una fractura de última hora que podría complicar las posibilidades de victoria demócrata.

Entre las bancas republicanas en disputa destacan Maine, con Troy Jackson contra Susan Collins; Ohio, con Sherrod Brown frente a Jon Husted; y Texas, donde James Talarico compite con Paxton. Completan el núcleo decisivo Kansas, con Adam Hamilton contra Roger Marshall; Iowa, con Josh Turek frente a Ashley Hinson; y Alaska, donde Mary Peltola desafía a Dan Sullivan. Son siete contiendas centrales, seis por bancas republicanas y una por una demócrata.

Ese mapa exige una precisión: las siete carreras más inciertas no constituyen toda la aritmética de la mayoría. Carolina del Norte ofrece además una oportunidad de conquista demócrata mejor encaminada en las clasificaciones de Cook. El requisito permanece: terminar con cuatro escaños adicionales, descontando cualquier pérdida.

Las candidaturas revelan otro experimento. El-Sayed representa una apuesta progresista; Talarico y Hamilton procuran hablar de economía, comunidad y fe a electorados conservadores.

La conclusión estratégica es relevante: competir nacionalmente requiere distintas formas de construir confianza. Sin embargo, una coalición eficaz para castigar al presidente puede resultar mucho menos cohesionada cuando deba acordar prioridades.

Recuperar un Congreso que controle al poder

Más allá del reparto de escaños, estas elecciones plantean una cuestión institucional decisiva: recuperar un Congreso que ejerza su responsabilidad de fiscalizar al Ejecutivo. La disciplina partidaria ha reducido el escrutinio sobre Trump y debilitado un contrapeso esencial. Cuando la lealtad al presidente desplaza la obligación de exigirle cuentas, la separación de poderes pierde eficacia, aunque conserve intactas sus formas.

Una mayoría opositora podría reactivar investigaciones, exigir documentos, convocar a funcionarios y examinar el uso de los recursos públicos, los posibles conflictos de intereses y los abusos de autoridad. Incluso cuando no logre revertir una decisión presidencial, puede obligar al gobierno a explicarla y permitir que los ciudadanos conozcan sus fundamentos y consecuencias. Hacer visible cómo se ejerce el poder constituye una forma sustantiva de control democrático.

Ese mandato exigiría rigor y prioridades claras. Convertir cada investigación en un espectáculo partidario facilitaría la estrategia de victimización de Trump. Una nueva acusación de juicio político sin posibilidades de reunir los votos necesarios para una destitución podría consumir energías y reforzar su narrativa de persecución. La eficacia del control dependerá de la solidez de las pruebas, del respeto al debido proceso y de la capacidad de vincular la rendición de cuentas con las preocupaciones ciudadanas. Estados Unidos necesita un Congreso dispuesto a ejercer sus atribuciones con independencia, cualquiera sea el partido que ocupe la Casa Blanca.

Un referéndum para Trump

La intensidad de la campaña presidencial confirma cuánto está en juego. Trump celebró 30 mítines en 32 días, según el balance que él mismo ofreció al concluir su gira en Salina, Kansas. La apuesta es movilizar a quienes lo respaldan en las presidenciales, pero suelen abstenerse cuando se renueva el Congreso.

La gira incluyó estados como Texas, Ohio, Iowa, Kansas y Carolina del Sur, con especial atención a territorios conservadores donde los republicanos enfrentan una competencia inesperadamente fuerte. Esa geografía revela una campaña defensiva: asegurar bastiones propios y contener pérdidas. Después de sus últimos mítines del domingo en Iowa y Kansas, tiene previsto ofrecer hoy, 2 de noviembre, su mensaje final en Washington, junto al estanque reflectante del Monumento a Lincoln, a las 14:00, hora local, y participar en nueve actos telefónicos.

El objetivo principal de este despliegue es conservar las mayorías republicanas para proteger su margen de acción. Trump busca además evitar que una derrota erosione su autoridad sobre el partido y adelante la disputa por su sucesión. Necesita convertir la adhesión personal en votos para otros candidatos, incluso entre electores que no sienten por ellos el mismo entusiasmo. Su capacidad para transferir ese respaldo será una de las pruebas centrales de la jornada.

Trump ya ha anticipado, asimismo, cómo respondería a un Congreso controlado por los demócratas: "veto, veto, veto", hasta obligarlos a negociar. La advertencia presenta el bloqueo legislativo como una herramienta de presión para obtener acuerdos. Paralelamente, según Reuters, la Casa Blanca prepara medidas unilaterales en materia de aranceles, inmigración y gasto federal para sostener su agenda mediante órdenes ejecutivas y otras facultades presidenciales. La combinación anticipa una posible presidencia más confrontativa: bloquear las iniciativas opositoras y ampliar el recurso a la acción ejecutiva. Sin embargo, esas atribuciones tienen límites: las órdenes ejecutivas deben respetar la Constitución y las leyes, están sujetas a revisión judicial y no sustituyen las facultades presupuestarias del Congreso. Una derrota republicana podría, por tanto, trasladar la disputa política hacia una confrontación más intensa entre poderes.

Posibles escenarios

Tres escenarios principales ordenarían los próximos dos años.

Primero. Si los republicanos conservan ambas cámaras, Trump reivindicará una ratificación y dispondrá de mejores condiciones para impulsar legislación, negociar presupuestos y obtener confirmaciones. Reforzaría además su influencia sobre la sucesión de 2028. Pero sobrevivir electoralmente no resolvería las tensiones económicas ni convertiría al Congreso, los tribunales o los estados en subordinados constitucionales de la presidencia.

Segundo. Si los demócratas ganan solamente la Cámara de Representantes, el gobierno dividido obligaría a negociar partidas presupuestarias y abriría una etapa de investigaciones. Trump conservaría el veto y, con un Senado republicano, una vía favorable para confirmar jueces y funcionarios. Habría incentivos para acuerdos selectivos, pero también riesgos de cierres administrativos y confrontación permanente. Una acusación de juicio político podría aprobarse en la Cámara; una condena que lo destituyera exigiría el voto de dos tercios de los senadores presentes.

Tercero. Si la oposición conquista ambas cámaras, el golpe sería mayor: más control presupuestario, investigaciones en los dos cuerpos y una barrera para los nombramientos. Aun así, no recibiría la conducción del Ejecutivo. El veto presidencial y las reglas de obstrucción senatorial limitarían su capacidad legislativa. Trump seguiría disponiendo de facultades ejecutivas relevantes, sujetas a controles legales. Describirlo como un presidente acabado subestimaría tanto las atribuciones del cargo como su disposición a explotar sus márgenes.

Existe una cuarta combinación institucionalmente posible: una victoria demócrata únicamente en el Senado. Aunque recibe menos atención por el mayor favoritismo opositor en la Cámara baja, también impondría restricciones importantes, especialmente sobre los nombramientos, sin entregar a los demócratas el control de la agenda legislativa del Congreso.

La incógnita principal es su reacción ante un eventual revés. Puede negociar, culpar a sus candidatos, impugnar resultados ajustados o intentar compensar el bloqueo legislativo mediante acciones ejecutivas. No cabe anticipar una conducta específica. Su autoridad dependerá también de cómo administre ese resultado. Sí corresponde vigilar si distingue las reclamaciones sustentadas en pruebas de una deslegitimación general del sufragio. El escrutinio puede demorarse sin ser fraudulento.

El desenlace interpelará a sus aliados. Una derrota amplia obligaría a los aspirantes republicanos de 2028 a decidir cuánto conservar de Trump y cuánto corregir para ampliar su base. Del lado demócrata, ganar supondría administrar un mandato de control, no presumir una adhesión automática a todo su programa.

Reflexión final

Las encuestas y proyecciones permiten contemplar una ola demócrata, pero serán las urnas las que determinen su existencia y magnitud. El alcance de las pérdidas republicanas, si se confirman, condicionará los dos últimos años de la presidencia de Trump y su legado político.

El 3 de noviembre los ciudadanos pueden imponer límites al presidente. Desde el día siguiente, la prueba será si su partido y las instituciones los hacen valer. La democracia exige que el poder acepte un límite también cuando las urnas se lo imponen.

*Director y editor de Radar LATAM 360@zovatto55

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