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La riqueza de las manifestaciones dancísticas de Chiapas no solo radica en la preservación de rituales ancestrales, sino también en la capacidad de sintetizar las complejas dinámicas sociales del entorno rural a través de la creación coreográfica. Un ejemplo insigne de este proceso de rescate etnográfico es el baile conocido como El Pirí. Esta pieza, concebida por la destacada investigadora y maestra Martha Arévalo Osorio (1930-2014), representa una de las obras teatrales más emblemáticas del folclor mestizo en la región central del estado.

Lejos de constituir un mero adorno festivo, la obra plantea un verdadero drama escénico. Su trama retrata con agudeza las tensiones afectivas entre parejas en contextos comunitarios. A través de movimientos rítmicos, gesticulaciones expresivas y miradas desafiantes, los bailarines construyen un relato donde afloran el cortejo, la coquetería, la rivalidad y el enfrentamiento directo causado por los celos.

El origen de El Pirí

El origen de esta danza posee una documentación histórica sumamente precisa. El suceso inspirador ocurrió a mediados del siglo XX durante una jornada de trabajo de campo en la antigua localidad de Terán. En aquel tiempo, Terán conservaba su carácter de pueblo agrícola independiente, antes de que en la década de 1990 fuese absorbido por el crecimiento urbano de Tuxtla Gutiérrez.

La profesora Arévalo realizaba dicha investigación etnográfica en compañía de su esposo, el reconocido promotor cultural y artista plástico Luis Alaminos. Mientras observaban detenidamente la ejecución de los bailes populares locales, la maestra notó a una pareja de novios que sostenía una sutil discusión en la pista. Movida por la curiosidad profesional, la investigadora se aproximó en exceso al espacio personal de los jóvenes. Aquella cercanía provocó una reacción inmediata en la mujer, quien defendió su vínculo afectivo con evidente molestia. Este incidente cotidiano sirvió como detonante creativo. De este modo, la reacción espontánea de la joven se transformó en el eje conceptual de El Pirí, la cual se consolidaría formalmente como la primera creación coreográfica de la destacada investigadora originaria de San Fernando.

Instituto Tuxtleco de Arte y Cultura ITAC Martha Arévalo Osorio

La mezcla de danza y un pleito amoroso

En términos escenográficos, la pieza destaca por una configuración espacial que combina la danza folclórica con la representación dramática. La obra se ejecuta habitualmente en tríos integrados por un varón y dos mujeres. Una de las danzantes encarna a la pareja legítima, mientras que la segunda asume el papel de la figura intrusa. Esta disposición permite representar gráficamente las normas de conducta comunitarias y los roles de género imperantes en la sociedad rural de la época. El planteamiento avanza de forma gradual. En un inicio, el hombre despliega sus artes de seducción frente a la primera mujer mediante pasos cadenciosos. Sin embargo, la irrupción sorpresiva de la rival rompe la armonía del momento y desencadena un duro enfrentamiento no verbal entre ambas ejecutantes. Las bailarinas utilizan los giros de sus faldas y el despliegue de sus movimientos para marcar su territorio escénico. El conflicto se resuelve finalmente sobre la tarima, sellando la reafirmación del lazo original o la ruptura definitiva del trío amoroso.

La música de El Pirí, obra de Rafael de Paz

El componente sonoro resulta fundamental para estructurar la expresividad de la obra. La musicalización corre a cargo del renombrado compositor y arreglista mexicano Rafael de Paz, quien logró plasmar con maestría el espíritu festivo del sureste nacional. Su propuesta musical integra instrumentos característicos de la franja central chiapaneca, tales como la marimba, el acordeón y el tambor tradicional. Esta combinación de timbres genera un compás dinámico y de acentuada cadencia.

La música marca con exactitud los puntos climáticos del relato, sincronizándose con los cambios de actitud de los intérpretes. Por su parte, la nomenclatura de la danza posee un origen primordialmente acústico. El término pirí carece de una traducción lingüística formal en los idiomas originarios de la zona. Por esta razón, la historiografía local coincide en que se trata de una onomatopeya. Dicho vocablo intenta recrear el sonido seco, veloz y percutivo del zapateado ejecutado con fuerza sobre las superficies de madera.

Más allá de su valor escénico, la obra funciona como un documento histórico que registra la transición sociocultural de las comunidades del centro de Chiapas hacia la modernidad. Durante décadas, el cortejo en los bailes públicos constituyó uno de los principales mecanismos de socialización campesina. En este contexto, la gestualidad observada por la maestra Arévalo refleja valores de pertenencia, honor e identidad regional. La preservación de este baile impidió que aquellas costumbres locales cayeran en el olvido frente al vertiginoso avance de la urbanización. La danza actúa como un puente temporal entre el Terán rural de mediados del siglo pasado y la realidad metropolitana actual, rescatando el humor refinado y la picardía característicos de la vida popular chiapaneca.

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