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Habitar otra piel. Ponerse un antifaz y que no sólo sea permitido sino celebrado. Poder ocultarse sin dejar de mirar. Las posibilidades del disfraz son enormes. No es casualidad que muchos actores expliquen que en el vestuario y maquillaje encuentran claves para encarnar a sus personajes.

A veces basta un sombrero, unos zapatos, una prenda o incluso la forma de caminar para que algo cambie en la persona. Pero ¿por qué nos fascina tanto la posibilidad de ser alguien más?

Mucho antes de que Halloween llenara las calles de monstruos, los seres humanos ya habíamos descubierto el poder de los disfraces. En las celebraciones de la antigua Grecia dedicadas a Dionisio —dios del vino, el éxtasis y la transformación— los participantes podían olvidarse de las normas sociales, disfrutar de la música y danza y entregarse a los excesos.

De estas celebraciones surgió el teatro. Pero ninguna ciudad llevó tan lejos la posibilidad de ser otro como Venecia. Su carnaval, documentado desde 1094, convirtió el anonimato en libertad.

Detrás de una máscara, las diferencias sociales podían desdibujarse. Durante el siglo XVIII, los venecianos llegaron a utilizarlas durante buena parte del año, no solamente en las fiestas, sino también en teatros y reuniones.

Esa libertad, sin embargo, tenía su oscuridad. Las máscaras también permitían engañar, esconder intenciones y sí, facilitar crímenes. Tanto que las autoridades las regularon. El disfraz podía ser una liberación, pero también coartada.

El valor del disfraz en el cine

El cine conoce bien el poder de esta transformación. La diseñadora de vestuario Ann Roth, colaboradora de Meryl Streep, ha descrito cómo, durante las pruebas de ropa, puede aparecer una tercera persona: el personaje.

Ella lo explica como ese desconocido que comienza a cobrar vida cuando el actor encuentra su apariencia. El vestido negro de Audrey Hepburn en "Desayuno con diamantes" o el rostro irreconocible de Gary Oldman convertido en Winston Churchill son ejemplos.

No sólo se trata de cambiar de aspecto. El vestuario puede modificar la manera de moverse y ocupar un espacio. A veces, como cuenta Roth, el personaje aparece antes, incluso, de que pronuncie una sola palabra.

Los niños lo entienden mejor que nadie y cuando se ponen una capa no pretenden parecerse a un superhéroe: durante un rato, simplemente lo son.

Los adultos hemos perdido esa facilidad para creer en nuestras propias transformaciones y nos hemos quedado atrapados en el disfraz de la cotidianeidad. Tal vez ahí radique el verdadero encanto de la máscara.

No en esconder lo que somos, sino en suspender por un momento la obligación de serlo. En descubrir que nuestra identidad, esa que defendemos con tanto empeño, quizá no sea tan definitiva como imaginamos.

Porque hay algo emocionante en recordar que, aunque llevemos toda una vida interpretándonos a nosotros mismos, todavía nos quedan personajes por experimentar


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