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Si tienes piel morena. como yo; si tienes un acento marcado, como el mío; si hablas español como yo; si te ríes fuerte a carcajadas, como yo; si escuchas reguetón y banda, como yo; si tus rasgos combinan con tu candela, como los míos… lo más probable es que tengas que cargar con tu pasaporte todo el tiempo, como yo. No a todos nos pasa igual.

Sé que a muchos de mis conocidos nunca les preguntarán de dónde son “de verdad”, de dónde vienen o para dónde van. Estoy segura de que no los someterán a revisiones secundarias en aeropuertos o los cuestionarán al cruzar esta frontera. Nadie les pedirá que muestren “sus papeles” en Estados Unidos solo por cómo se ven o cómo hablan. Y no es porque sean mejores ciudadanos que uno, sino que gozan de un privilegio blanco que casi nunca nombramos. Esto no un resentimiento racial.

De hecho, nunca me había dado cuenta de las disparidades hasta que migré a Estados Unidos. Aquí aprendí a navegar la escala de grises (o marrones) y fui consciente de la realidad que se vive cuando uno no es blanco ojiazul. No es que yo viva con un delirio de persecución. Sino que una y otra vez me toca demostrar que merezco estar aquí, porque mi piel, mi acento y mi entusiasmo no siempre hablan el idioma del “pertenecer” para quienes tienen el poder de cuestionarme. Mi pasaporte habla por mí, pero solo cuando lo traigo en la mano, que ahora es siempre en Estados Unidos.

Mi vida en México es diferente. No comparto esto por lástima, sino por conciencia. Si nunca has tenido que pensar en cargar prueba de ciudadanía para sentirte segura en tu rutina diaria, eso es un privilegio. Si sí te ha tocado, sabes lo que se siente caminar por tu propio país con los documentos como si fueran la única armadura. Y quizá esa es la verdadera pregunta: ¿Quién puede olvidar los papeles en casa y seguir sintiéndose seguro, y quién tiene que cargar su identidad doblada en la cartera, lista para mostrarla en cualquier momento? Para algunos de nosotros, pertenecer no es una idea abstracta. Es algo que cargamos en la mano, en la bolsa, en la memoria y en el cuerpo.

Es la tensión de saber que tu presencia basta para despertar sospechas en lugares donde a otros les alcanza con existir. A veces me pregunto cuánto de nuestra energía se va en resistir esa sospecha diaria. Cuánto de nuestra vida se consume en anticipar preguntas que a otras personas nunca les harán. Cuánto cansancio acumulamos por tener que sostener, al mismo tiempo, la dignidad y la defensa. Porque no basta con existir aquí. A veces también hay que justificar la existencia, explicarla, vestirla de documentos y ponerle sello para que otros la crean. Eso no es normal. No debería serlo. Nosotros sí bastamos.

Nuestra presencia también es país. Nuestra lengua también es país. Nuestra risa, nuestra música, nuestra memoria y nuestro derecho a movernos con dignidad también lo son. Lo que cambia no es nuestro valor. Lo que cambia es la mirada que todavía insiste en no reconocerlo.

Y mientras esa mirada exista, seguiremos cargando documentos, sí. Pero también seguiremos portando la certeza de quiénes somos: gente que pertenece, aunque a otros les incomode admitirlo. Gente que no pide permiso para existir. Gente que ya hizo de la frontera una forma de vida, y de la vida una forma de resistencia.


Contenido sindicado vía RSS de Conexión Migrante. Nota original: https://conexionmigrante.com/2026-/07-/24/cruzando-lineas-el-pasaporte-como-armadura/

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Conexión Migrante
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