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La exposición de los Lineamientos Generales para la Protección de las Audiencias representó simbólicamente la concreción de la dictadura de la falsa transformación. Ante la caída trepidante de la popularidad de la presidente de la república, aunado a un creciente cuestionamiento por parte de la ciudadanía respecto de la omisión en el procesamiento de los “narcopolíticos” requeridos por los Estados Unidos, los medios de comunicación tradicionales han sido llamados al patíbulo por motivo del periodismo crítico que no ha desistido en su labor profesional.

La inquisición tropical, encabezada por el autoconfinado de Macuspana, decidió que sería una gran iniciativa decidir desde el Estado lo que debe transmitirse y expresarse frente a un micrófono y una cámara, instituyendo una especie de interventor-oficial-censor que supervise los contenidos de las emisiones.

En este contexto, la fallida estrategia de contención por parte de los acólitos de la transformación se debió a que los ciudadanos comunes inundaron las redes sociales y alzaron la voz junto a los periodistas que cada vez están más “estrangulados” al verse amenazados y recortados de los recursos públicos para realizar sus respectivas emisiones.

Con las provocaciones dictatoriales ya no cabe análisis serio ni profundo, ya que la sombra del “narcoestado” es cada vez más extensa y la misma genera dudas y zozobra en el concierto internacional. Las instituciones “reformadas” de la falsa transformación están viviendo su época más oscura. Asimismo, los embates a las libertades no cesan y cada vez se sienten más en los estratos lastimados de la sociedad.

Durante las campañas opositoras se mencionaba mucho de manera pública y privada “democracia o dictadura”, empero, desde 2018 se fracturó la república y la dictadura comenzó desde el 1 de julio de aquel ante la fatídica “efeméride” que hoy los acólitos celebran insolentemente en el México más ensangrentado, endeudado y empobrecido que se haya visto jamás.

Las dictaduras no son adjetivables, son o no son. Perfectas o imperfectas; peligrosas o silenciosas; tropicales o comunistas; según quien escriba, las dictaduras son el mal siglo XXI y la Nicaragua de Daniel Ortega recientemente se convirtió en el ejemplo más grotesco de ello.

El modelo electoral bananero replicado por el fallido movimiento —que jamás podrá desligarse de la “narcopolítica”— ha entrado en una fase de crisis que derivará en la que posiblemente sea la última elección libre de la historia del país. La representatividad demagógica del falso “Tigre” en los números es de únicamente 56% del electorado. No hay que olvidar que la trama sobrerrepresentación fue el inicio del fin de este proyecto. 3 de cada 10 mexicanos no pueden decidir el avenir.

No cabe el pesimismo en la dictadura de Claudia. El sistema electoral debilitado mas no decimado ha de cumplir con una organización más de las elecciones. La reversión o bien el freno a la putrefacta dictadura de la presidente y del señor de Macuspana aún puede lograrse el año entrante pero dependerá de cada uno de los mexicanos de este país, se participe o no directamente en alguna candidatura o partido político de oposición.

Dictadura o dictadura centenaria, no es exageración. Igual y no centenaria porque quebrará antes el país, pero el futuro de México no puede ser ya rehén de esta secta.

Es la última llamada para los ciudadanos de la nación.

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