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Con “buena música” fue como comenzó el homenaje al caricaturista Rogelio Naranjo, quien este 11 de noviembre cumple 10 años de fallecido. La “buena música” y el “buen cine” eran valores fundamentales para el artista, los cuáles inculcó en su hija Alina, quien este sábado en el Centro Cultural Tlatelolco tocó la guitarra para honrar la vida de su padre.

“Yo no quiero hablar de Naranjo, yo quiero hablar de mi papá”, dijo Alina.

“Tengo recuerdos muy bonitos de él conmigo cuando me enseñaba a bailar, viajes a los que iba con él en donde él siempre era un papá muy protector y muy amoroso conmigo. Los desayunos que compartimos muchas veces y en los cinco años en los que conviví con él, me enseñó muchos valores, que hoy en día me conforman a mí. Por ejemplo, el buen gusto por el cine, por el jazz. (...) Uno de los valores que me enseñó, algo muy importante, fue el buen gusto por la música. Y por tanto siento que mi papá estaría feliz de saber que su hija aprendió a tocar guitarra”, profundizó Alina antes de interpretar Sonata en si menor de Domenico Cimarosa.

En el homenaje, realizado dentro de la Bienal Internacional de de Caricatura Tlatelolco, participaron el cartonista Ángel Boligán, el académico Sergio Raúl Arroyo y la historiadora de arte Graciela de la Torre, amigos cercanos de Naranjo, quienes compartieron con él múltiples tertulias sobre política mexicana en la que también estuvieron presentes Yolanda Yvonne Montes Farrington “Tongolele” y Carlos Monsiváis.

“Las conversaciones giraban en buena medida en torno al análisis político, siempre aderezado por el agudo ingenio de Monsi y su inagotable ironía. Tal vez Rogelio no hablaba tanto, porque su lenguaje crítico era otro, la caricatura”, recordó De la Torre.

Fue en esas reuniones en las que se acordó que el vasto acervo de Naranjo, de más de 10 mil dibujos, sería donado al Centro Cultural Universitario Tlatelolco. “Ahí fue donde se hizo la negociación, a un lado de Tongolele”, recordó Arroyo.

“Cuántas horas habrá pasado sentado haciendo líneas para dejarnos este legado”, compartió Boligán, quien habló sobre cómo Naranjo fue un referente para los caricaturistas y que sólo compraba el periódico EL UNIVERSAL –también casa editorial del cartonista– para ver lo que publicaba Naranjo.

“Naranjo fue un elegido, fue un ser de otro mundo, un animal de galaxia. Naranjo era un gran dibujante. Se puede ser un gran dibujante, pero quizás no tiene que ser precisamente un gran creador o viceversa. O se puede ser buen dibujante, buen creador, pero quizás no ser buena persona o no ser congruente con la vida. Naranjo tenía todas esas virtudes”, agregó Boligán.

Sergio Raúl Arroyo habló sobre las cualidades que marcaron “el sano veneno de sus trazos”, desde los significados que resguardan los trazos de líneas delgadas contra los de líneas gruesas.

“El trabajo de Rogelio Naranja es un trabajo que a todo el mundo le pisa a algo, a veces la mano, a veces otros órganos del cuerpo”, describió Arroyo.

“No hay nada más lejano de naranjo que el chiste ramplón o el bla bla bla bla desmesurado con el que algunos caricaturistas rehuyen la compleja concentración crítica latente en el dibujo mismo. De ahí, el poder de sus caricaturas como encarnación de una entrañable síntesis conceptual, de ahí la fuerza de su trabajo como expresión de la necesaria economía editorial que demanda el mejor periodismo”, afirmó el académico.

El homenaje concluyó con una conmovedora interpretación de Alina Naranjo de una pieza que explora las distintas fases del duelo, que fue compuesta por el chileno Juan Antonio Sánchez y se titula “Tonada por despedida”.

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