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Lejos de ser una falla moral o un déficit de crianza, la agresividad escolar en México es la propiedad emergente de un sistema en crisis. Un recorrido que conecta la precarización laboral de los hogares, la sobrecarga alostática neurobiológica y el estallido de la violencia horizontal en las escuelas secundarias.

¿Por qué importa?

México no puede gestionar la crisis de violencia escolar limitándose a un enfoque punitivo o moralizante.

Sin comprender la encarnación biológica del estrés estructural, la degradación de la reproducción social y la alienación del trabajo docente, el Estado perpetúa un ecosistema escolar que daña a la infancia y fragmenta el tejido socioeducativo.

Para la academia tradicional e institucional, la violencia en las aulas suele reducirse a una "patología individual" o a un "déficit de crianza" [1].

Esta lectura despolitiza un problema estructural. La agresividad entre pares es la propiedad emergente de un Sistema Adaptativo Complejo (SAC) donde convergen la desarticulación territorial, el agotamiento de la reproducción social, el control burocrático y la encarnación biológica de la precariedad [1-3].

El territorio esquilmado

La precarización material se encarna en trayectos de tres horas, jornadas extenuantes y economía informal [2, 3].

Esto somete a las familias a una severa pobreza de tiempo parental (parental time poverty) [4, 5], donde la ausencia adulta responde a la mera exigencia de subsistencia [5, 6].

La retirada del Estado en infraestructura social deja a la juventud expuesta a la informalidad y la narcocultura; la territorialidad fragmentada penetra en los muros escolares [3, 4].

La encarnación de la crisis

La exposición crónica a la inestabilidad económica y la incertidumbre altera la regulación del eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HPA), generando una elevada carga alostática multisistémica [7, 8].

En un cuerpo bajo tensión permanente, opera un sesgo de atribución hostil que interpreta interacciones cotidianas como amenazas inminentes [8, 9].

La agresividad reactiva en el aula no es una falla moral, sino un mecanismo adaptativo de autoprotección [7, 9].

La crisis de reproducción social y la transferencia de violencia

La unidad familiar atraviesa una severa crisis de reproducción social [10].

En México, la mayoría de los eventos de violencia interpersonal en la infancia ocurren en el ámbito intrafamiliar, donde el estrés del aislamiento material cataliza tensiones internas [10, 11].

Al experimentar maltrato en el hogar, la escuela se convierte en el escenario primario de violencia horizontal, donde el tránsito de víctima a agresor busca reclamar agencia y canalizar la alienación acumulada [1, 9, 12, 13].

El dispositivo disciplinario

La escuela produce condiciones que intensifican la violencia [14, 15].

El profesorado opera en un dispositivo de vigilancia panóptica –reformas estandarizadas y control burocrático– que restringe su práctica a cumplir contenidos y mantener el orden formal [16, 17].

Esta presión genera desgaste profesional (burnout), incrementando la hostilidad docente y la victimización institucional [18, 19].

La disciplina autoritaria debilita la confianza y promueve el desligamiento moral (moral disengagement) en los estudiantes, catalizando la incivilidad [15, 20, 21].

Horizontalidad estudiantil y la emergencia de micropoderes

Entre los estudiantes, las jerarquías formales pierden efectividad [1, 14]. La agresión física, verbal o digital se instrumentaliza para afirmar control y negociar estatus [1].

Ante la ausencia de un clima escolar autoritativo con soporte relacional, la violencia regula las interacciones informales [14, 22, 23].

El deterioro del clima escolar eleva el acoso (bullying) y la desconexión [24-26].

Así, la escuela redistribuye la violencia en formas complejas de agresión horizontal y resistencia a la autoridad [18, 27, 28].

Hacia la transformación estructural de la convivencia escolar

Las políticas punitivas –como la militarización de accesos, el uso de detectores de metales y la intensificación de sanciones disciplinarias– resultan ineficaces y terminan por profundizar el desligamiento moral en la comunidad escolar [14, 15, 21].

La construcción de paz en las aulas requiere, en cambio, una transformación material e institucional profunda.

Por un lado, la dimensión material exige reducir la precarización laboral, reconstruir el tejido comunitario e intervenciones que garanticen el tiempo de cuidado en las familias [4, 6].

Por otro lado, la reestructuración institucional demanda desmantelar la vigilancia burocrática sobre el profesorado, restaurar su autonomía pedagógica y migrar decididamente hacia modelos educativos autoritativos sustentados en la justicia restaurativa y en la consolidación de un clima escolar protector [14, 16, 20, 23].

En última instancia, la agresión que irrumpe en la cotidianidad escolar no representa un episodio aislado de extravío ético, sino el testimonio encarnado de una violencia estructural que atraviesa el territorio, el cuerpo y la institución.

Pretender la contención del conflicto mediante dispositivos de control o exhortos morales únicamente perpetúa la alienación de los estudiantes y el agotamiento del cuerpo docente.

Desmantelar la factura biológica y territorial del sistema económico precario implica asumir que la seguridad en las aulas no se edifica con muros ni vigilancia, sino restituyendo las condiciones materiales de existencia y transformando la escuela en un espacio soberano de cuidado, justicia relacional y comunidad.

Este contenido es responsabilidad de Cisne Negro y no forma parte del contenido editorial de EL UNIVERSAL.


Contenido sindicado vía RSS de El Universal Opinión. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/opinion/articulista-invitado/violencia-en-el-aula-cicatrices-en-el-cuerpo-la-factura-biologica-y-territorial-del-sistema-economico/

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