La palabra cautiva cuando hace que la vida se vuelque por los senderos por los que la memoria transita, y se renueva con los relatos que, en su enunciación, evocan imágenes y acontecimientos que dejan una huella profunda para que no perdamos los hilos de la historia que, aun en tiempos convulsos y desafiantes, nos enseñan que no seríamos lo que somos si no es por la palabra del otro, que, en su sonoridad, hace presente algo de lo que nos precedió, así como de lo que estamos llamados a construir desde las genealogías de lo que somos hoy, aun a sabiendas de que no todo será posible.
Este ejercicio de memoria nos recuerda que, en parte, somos hijos e hijas de la historia, de los sueños y de las utopías que acompañan en el día con día a la pedagogía de la esperanza, que dota de sentido los procesos de formación y las instituciones que en ella se sostienen y producen, de manera particular y vital, con sus incertidumbres, así como con sus posibilidades.
Entre ese universo infinito de los vocabularios por los que las palabras transitan y se renuevan, la palabra Universidad parece que no le pertenece a nadie porque, en parte, nos pertenece a todos y a todas, ya que los alcances de su quehacer trastocan las fronteras del espacio al hacer que la arquitectura de los saberes que en ella se gestan, transmiten, conservan, disputan y renuevan trascienda los muros que resguardan su historia y la vida cotidiana de quienes en ella participan.
Porque, en palabras de Larrosa (2018, p. 450), “Lo que hace la universidad es hacer de una cierta relación estudiosa con el mundo, algo común, algo público, algo que es de todos los que están concernidos, o interesados, por el saber, por el libro, por la materia de estudio, por la verdad, por el mundo”.
Y en ese entramado profundo que acompaña a la UNAM, en sus 475 años de existencia, desde su fundación en 1551 como la Real y Pontificia Universidad de México, se condensan momentos que hacen que el yo no sea la personalización de una historia singular, sino de una que es posible inscribir en pasajes y acontecimientos que, entre el azar y la decisión, entre condiciones de posibilidad e incertidumbre, sintetizan en una palabra la profundidad de lo que ha significado y sigue significando para mí la UNAM, como parte de una generación que creció ya encarrilada la segunda mitad del corto siglo XX, en los claroscuros de los umbrales en los que se configuró la educación y la escuela, con sus aciertos, sus fisuras y sus tensiones, en una dimensión nodal de la formación de las generaciones en las que se condensó el espíritu de la época.
Amor es esa palabra profunda que, al escribir estas líneas cruzadas por el otoño, se sintetiza en un título que, en su enunciado, atrapa un mundo y a su vez lo deja ir para que la escritura y la vida sigan su rumbo. Porque el oficio del profesor tiene que ver con el amor: amor a la institución, amor a la disciplina de estudio, amor a la materia de enseñanza. Por ello, en todo momento la UNAM me habita y acompaña mi quehacer como pedagoga, educadora e investigadora, porque éste no es ajeno a lo que implica la responsabilidad profunda que tenemos cuando lo que está en juego es luchar para que el mundo no se nos vaya de entre las manos, con la mirada crítica y propositiva que todo vínculo mediado por el saber y la acción conlleva.
Como primera generación del Colegio de Ciencias y Humanidades, aprendí que hay otras formas de aprender y que el 68 nos dejó una estela de dolor e indignación, pero también la certeza de que la lucha de miles de jóvenes no fue en vano. En la Facultad de Filosofía y Letras aprendí que el saber no es sólo ciencia, es también filosofía, poesía y cultura, a las cuales las humanidades han sabido cobijar a lo largo de la historia de nuestros pueblos y de sus instituciones. Aprendí que la pedagogía tiene un cometido profundo porque coloca el saber y la formación en ese entramado denso, dialógico y complejo que todo vínculo implica. Aprendí que el exilio es una posibilidad de construir proyectos que reconfiguran las fronteras de nuestra América. Aprendí que no seríamos lo que somos sin las instituciones que, como la UNAM y la educación pública, han constituido los espacios-tiempos en los que todavía hoy es posible descubrir, sostener y recrear en comunidad las maravillas del mundo. Aprendí que no puedo dar la espalda al dolor de los demás. Sin la UNAM, no sería lo que soy.
Fundación UNAM, con sus años de existencia, es un espacio esencial para mantener vivos estos y otros aprendizajes.
Profesora de tiempo completo titular en el Colegio de Pedagogía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM
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