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In memoriam Ramiro Centeno

Fue a finales de agosto cuando comenzó a circular digitalmente un volante cuyo encabezado anunciaba: “Ya tenemos fecha, prepárate para el regreso.” Tras los meses en que la Sala Nezahualcóyotl permaneció cerrada recibiendo una cuidadosa rehabilitación integral, la OFUNAM presentaría cuatro magnos solistas bajo la batuta de Sylvain Gasançon, su titular.

Mischa Maisky sería el primero, los días 26 y 27 de septiembre. Le seguía John Malkovich este fin de semana, y tras presentarse en el Teatro Juárez como parte de la programación cervantina, la orquesta regresaría a su sede el domingo 11 con ese fabuloso pianista que es Lukas Geniusas, para cerrar el mes con una Gala protagonizada por Javier Camarena.

Todo pintaba de maravilla, de no ser porque, como dice el refrán, “del plato a la boca… se cae la sopa”, y ¡sópatelas!, que a la hora de abordar el vuelo que traería a Maisky desde Bruselas, resulta que la aerolínea había sobrevendido el vuelo y le negaron el abordaje a su “beautiful lady”, que es como se refiere al violonchelo que toca desde hace décadas y para el cual también se había pagado un asiento. Adujeron que “las personas tenían prioridad” y Maisky se opuso a que bajaran a la bodega de carga tan valioso instrumento, fabricado por el laudero veneciano Domenico Montagnana hace más de doscientos años. Le ofrecieron la posibilidad de viajar con su chelo en cabina en un vuelo posterior, pero ya no llegaban a tiempo para ensayar las presentaciones pactadas.

Ahí empezaron las carreras y los teleles. Se consideró ofrecer un programa totalmente sinfónico y me cuentan que hasta le dieron una lectura al Preludio y muerte de amor de Isolda, de Wagner. Afortunadamente, “al cinco para las doce”, a alguien se le prendió el foco: Arturo Chacón-Cruz se hallaba en México ensayando la producción de Tosca que, justo hoy, domingo 4, se estrena en Bellas Artes, lo contactaron y accedió a echarse el bomberazo.

Como en todo evento de esta índole, antes de escuchar la primera nota debimos chutarnos los discursos protocolarios del rector Leonardo Lomelí y la coordinadora de Difusión Cultural, Rosa Beltrán, que fue la primera en tomar la palabra. En un arranque de chauvinismo universitario, evidenció su proverbial ignorancia en temas musicales y cuanto a ellos compete, al afirmar que la Neza “es la segunda sala del mundo y la primera en América Latina”. Sabrá Dios si lo diría por su acústica, por su importancia o por cuando fue edificada, pero cabe preguntar: según ella, ¿cuál será la primera?, ¿el Concertgebow, la Berliner Philharmonie, o el Carnegie Hall? ¿Sabrá que aquí, en Latinoamérica, además del Teatro Colón de Buenos Aires, dentro del Conjunto Santander de Artes Escénicas de la Universidad de Guadalajara tenemos la Sala Plácido Domingo, mucho mejor equipada y muy superior, acústicamente, a nuestra queridísima Neza?

Afortunadamente, el Rector fue más breve… y más cauto; cumplió con los agradecimientos a cuantos intervinieron en la renovación de la Sala y, finalmente, escuchamos el contundente golpe de timbal con que arranca la Fanfarria Volcánica que se comisionó para la ocasión a nuestra multipremiada Gaby Ortiz. Inspirada en “los paisajes volcánicos que circundan los terrenos en donde se erigió la Ciudad Universitaria”, esta partitura inicia dando voz a los metales y las percusiones, y tras evocar a Copland y dejar sentir también la impronta de Respighi cuando incorpora la totalidad de la orquesta, cumple con su afán celebratorio. Ya el tiempo validará su trascendencia.

La velada prosiguió con Chacón-Cruz, quien entró a escena vestido totalmente de negro, salvo por su corbata, idéntica a la que también portó el rector: sobre un fondo oscuro, motivos en azul y oro enmarcan el logotipo conmemorativo de los 90 años de la orquesta, en color blanco. Se anunció que cantaría un par de arias, O figli miei!... Ah, la paterna mano, de la ópera Macbeth, de Verdi, y Nessun dorma, de la Turandot de Puccini, su caballito de batalla más aclamado. En medio de ellas, otro inciso pucciniano, Crisantemi, permitió el lucimiento de las cuerdas. Curiosa elección, considerando el carácter fúnebre de esta pieza. El entusiasmo del público ante nuestro máximo tenor actual fue correspondido con dos canciones, cálidamente ovacionadas: Granada, de Lara, y O sole mío, de Capurro, di Capua y Mazzucchi.

Ofrecida en su versión de cinco movimientos, la Primera Sinfonía de Mahler fue el plato fuerte del programa. Como pocas veces, Gasançon logró emocionar al sacar lo mejor de la orquesta: matices y dinámicas cuidados, fraseo impoluto y afinación quasi impecable. Objetaría, acaso, que contra la indicación del compositor, los cornos permanecieron sentados durante los compases finales de esta obra, lo cual no demeritó mayor cosa esta notable interpretación… aunque no faltó el miembro del Patronato para quien, lo memorable, fue que era “la primera vez que veía bien vestido a Gasançon, sin su saquito de pana con parches en los codos”.

No han sido pocos quienes me han preguntado si sé qué va a pasar con Maisky. “Vamos a reprogramarlo, aunque para esta temporada ya es imposible”, me confió Juan Ayala, curador del quinto Festival Cultura UNAM, dentro del cual estaba inscrito este concierto que, además de los 50 años de la Sala, celebraba también otros aniversarios muy significativos: 40 años de la Coordinación de Difusión Cultural, 90 de la fundación de la orquesta universitaria y 475 de nuestra máxima casa de estudios.

A esos cinco aniversarios, sumo uno más: este jueves 1° de octubre se cumplieron veinticinco años de la muerte de mi añorado mentor, José Antonio Alcaraz, el más grande crítico musical del siglo veinte mexicano, y por ello me permitiré recordar uno de sus más célebres “alcarazazos”, cometido en la mismísima Sala Neza, para júbilo de cuantos lo atestiguaron.

Al igual que le pasó a Maisky, le dijeron que no podían dejarlo pasar a cierto concierto del que se había vendido hasta la última localidad. Sin chistar y con la aplastante seguridad de que hacía gala y la frente muy en alto, se dirigió a la persona que recibía los boletos:

-Buenas noches.

-Perdón, pero… sin boleto, no puedo dejarlo pasar.

-¿Sabe Usted quién soy?

-Por supuesto, es el Maestro José Antonio Alcaraz…

-Sí, y también soy el amante del Rector. ¡Con permiso!

Y pasó. Así era La Miss Alcaraz. Tan vitriólico y temible, como entrañable y chacotera. Larga vida a su memoria.


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