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Durante décadas, la relación entre los Estados latinoamericanos y las grandes corporaciones tecnológicas —las Big Tech— estuvo marcada por una profunda asimetría. Ante la ausencia de contrapesos públicos efectivos, prevaleció un modelo de autorregulación cuyas reglas eran definidas por los intereses de las propias plataformas.

Este desequilibrio se sostuvo a través de una narrativa ampliamente difundida: internet era, por naturaleza, un territorio ingobernable, una zona de excepción el ciberespacio libertario.

Según esa visión, los gobiernos debían limitarse a construir infraestructura, mientras los gigantes de Silicon Valley diseñaban los algoritmos, explotaban comercialmente los datos personales y fijaban las reglas del entorno digital.

Sin supervisión ni límites efectivos, las plataformas digitales se convirtieron en arquitectas invisibles de la vida pública, la socialización y la salud mental de generaciones enteras. La factura más dolorosa ha recaído sobre la infancia.

Cuando el algoritmo se alimenta de la inocencia

Las plataformas de las Big Tech no solo ofrecen servicios digitales: compiten por captar y prolongar el tiempo de permanencia frente a la pantalla.

Para lograrlo, sus sistemas algorítmicos favorecen los contenidos capaces de provocar reacciones intensas y una rápida difusión, propiciando el ciberacoso, las autolesiones, el escarnio público, la búsqueda obsesiva de validación y los modelos corporales inalcanzables, los cuales particularmente resultan dañinos para menores de edad.

Los daños sufridos por niñas, niños y adolescentes en las redes sociodigitales no son simples accidentes o efectos inevitables de la tecnología. Son consecuencia directa de modelos de negocio basados en la economía de la atención

Investigaciones internas filtradas de empresas como Meta permiten confirmar que sus directivos conocían los efectos perjudiciales de ciertos productos sobre la autoestima y la salud mental de los adolescentes. Aun así, los criterios de rentabilidad corporativa prevalecieron.

El Decreto presidencial sobre entornos digitales seguros para niñas, niños y adolescentes

Después de sostener mesas de diálogo con representantes de Meta, TikTok, Google, Microsoft, Apple y X, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo firmó, el 14 de octubre de 2026 en la Ciudad de México, el Decreto presidencial sobre entornos digitales seguros para niñas, niños y adolescentes. Posteriormente, el documento fue publicado en el Diario Oficial de la Federación (DOF).

El decreto presidencial promovido por la presidenta Claudia Sheinbaum, con el acompañamiento de la consejera jurídica Luisa María Alcalde, busca marcar un punto de inflexión en la relación entre el Estado mexicano y las grandes plataformas tecnológicas.

La posición del Gobierno federal parte del siguiente razonamiento: las plataformas tecnológicas no son repúblicas independientes. Al operar en territorio nacional, deben someterse a la soberanía del Estado, cumplir las leyes mexicanas y respetar los derechos humanos.

El Decreto no se limita a recomendar buenas prácticas ni deposita la protección de los menores en las “guías comunitarias” elaboradas por las propias empresas. Exige cambios estructurales conforme al principio de "safety by design"; es decir, seguridad incorporada desde el diseño de los servicios digitales.

Las plataformas deberán implementar mecanismos efectivos de verificación de edad; activar por defecto los niveles más altos de privacidad para niñas, niños y adolescentes; retirar con rapidez contenidos relacionados con ciberacoso, explotación sexual, apología del delito, trastornos alimenticios y conductas suicidas.

Las reacciones

Durante las mesas de negociación previas, la respuesta corporativa de las grandes firmas de tecnología osciló entre el cabildeo sutil y la dilación técnica, exigiendo plazos interminables para modificar sus códigos bajo el argumento de la complejidad técnica.

Sin embargo, el gobierno mexicano estableció una línea de demarcación clara: un plazo improrrogable de treinta días naturales —coordinado a través de la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones— para documentar las acciones técnicas implementadas.

El decreto, en su fase inmediata, funciona como una exigencia administrativa de cumplimiento forzoso, pero reserva una amenaza oculta: si hay resistencia, simulación o incumplimiento, el Estado no vacilará en impulsar una iniciativa de ley formal en el Congreso que establezca sanciones económicas y penales severas para las plataformas.

Las Big Tech están acostumbradas a litigar durante años en tribunales de Estados Unidos o a ignorar las multas europeas considerándolas simples "costos operativos" de su modelo de negocio multimillonario.

Enfrentarse a un Estado latinoamericano coordinado, con respaldo popular y dispuesto a condicionar el acceso a su mercado ante el incumplimiento de normas de orden público, abre un flanco incómodo para los barones de la tecnología. Demuestra que la soberanía digital no es una entelequia académica, sino una herramienta de poder que pueden ejercer los Estados cuando así lo deciden.

Los cuestionamientos al decreto

El decreto impulsado por el Gobierno de México ha suscitado críticas de carácter técnico, jurídico y político. Los principales cuestionamientos se concentran en cuatro áreas.

1. Riesgo de censura y afectación a la libertad de expresión

Analistas, organizaciones civiles y especialistas en derechos digitales advierten que la obligación de retirar contenidos con rapidez —en particular aquellos incluidos en categorías amplias, como los discursos de odio o las conductas ilícitas— podría favorecer prácticas de censura preventiva o moderación excesiva (over-censorship).

Ante el temor de recibir sanciones o enfrentar represalias gubernamentales, las plataformas podrían optar por eliminar, por precaución, contenidos legítimos o relevantes para el debate público.

2. Vaguedad en la definición de los contenidos

También se cuestiona la falta de definiciones jurídicas y técnicas precisas para categorías como “apología del delito”, “trastornos alimenticios” o “discursos de odio”. Esta ambigüedad amplía el margen de interpretación y puede propiciar decisiones discrecionales, tanto de las autoridades como de las empresas responsables de moderar los contenidos.

3. Complejidad y eficacia de la verificación de edad

Verificar la edad de manera confiable sin vulnerar la privacidad de los usuarios constituye un complejo desafío. Si los sistemas exigen documentos de identidad u otros datos sensibles, podrían incentivar la recopilación masiva de información confidencial y crear nuevos riesgos de seguridad.

4. Solidez jurídica y legitimidad del proceso regulatorio

En su etapa inicial, el decreto administrativo concede a las corporaciones un plazo de treinta días para responder y reserva para después la posibilidad de promover una ley con sanciones.

Por último

El decreto no resolverá por sí solo los complejos dilemas del ecosistema digital global. Sin embargo, envía un mensaje inequívoco a las corporaciones de Silicon Valley: la protección de niñas, niños y adolescentes debe prevalecer sobre los intereses comerciales.

Su legitimidad dependerá, no obstante, de que las medidas se apliquen con reglas claras, garantías jurídicas y mecanismos de rendición de cuentas. Proteger a la infancia no debe convertirse en un pretexto para profundizar en una peligrosa voluntad de censura y restringir indebidamente la libertad de expresión.


Contenido sindicado vía RSS de El Universal Opinión. Nota original: https://www.eluniversal.com.mx/opinion/octavio-islas/la-cruzada-digital-por-rescatar-a-nuestra-infancia/

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Escrito por
El Universal Opinión
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