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Si todo tiene tres fuentes, como decían los filósofos decimonónicos, la crítica literaria moderna puede presumir de tres fundadores: Friedrich Schlegel (1772–1829), William Hazlitt (1778–1830) y Charles Augustin Sainte–Beuve (1804–1869). Pero como asunto de la opinión pública y resultado de un comercio entre un lector privilegiado y su público lector, con Schlegel, Hazlitt y Sainte–Beuve es suficiente para repartirse una tarea que aún en el siglo XXI, pero sobre todo hace décadas, cuando imperaba la llamada Edad de la Crítica, lo era todo.

Schlegel inventó, si cabe decirlo así, algo más que los rudimentos de lo que se conoció y languidece como Teoría Literaria, con sus mayúsculas en su día pretenciosas de fundar una filosofía de la literatura. Los Fragmentos, de Schlegel, eran académicos, para la gente universitaria de Jena y a la vez iban van más lejos; nadie tan contrario a ese espíritu que Sainte–Beuve, quien precisamente porque se inició en los periódicos del sainsimonismo, tornóse alérgico a las teorías generales y al espíritu de sistema, concentrado en un juego de espejos donde la obra se ve en su creador, y uno y otra se presentan como una sola imagen ante el público, ante el cual el francés fue servicial y hasta servil. Lo leían no sólo en el vestidor femenino –esa fue la misógina acusación de Honoré de Balzac contra él– sino en los palacios de Napoleón III. El peor Sainte–Beuve fue, publicando los lunes desde Le Constitutionel, el crítico oficioso del Segundo Imperio y llegó a sentir la tentación de ponerse a disposición del incipiente Estado cultural para “educar” en literatura a los franceses.

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Nadie más distinto a Schlegel y a Sainte–Beuve que Hazlitt, quien nació, por así, decirlo como un moderno puro, o con mayor propiedad, fue el hijo dilecto de la Ilustración insular, la de Edimburgo y la de Londres. Vástago de un sabio pastor unitario, cuya religión ajena a la Trinidad y a sus sangrientos dogmas para muchos ya no era, ni es, exactamente una rama del cristianismo, William, muy niño, acompañó a su padre a predicar a Boston. Allí, el reverendo Hazlitt, discípulo de Adam Smith y “hombre extraordinario” según el recuerdo unánime, descubrió que la joven República norteamericana, nacida de un enjambre de sectas protestantes, estaba lejos de ser el remanso de tolerancia por él imaginado. A aquellos puritanos, como se diría, los unía no el amor sino el pánico.

Tan pronto como regresaron a Inglaterra y Hazlitt se inició en la juventud, lastimó a su padre confesándole la irremediable consecuencia de sus enseñanzas: había dejado de creer en cualquier Dios, inclusive en el bondadoso Cristo unitario. Era ateo y por el ateísmo se batiría, partidario militante de la Revolución Francesa, cuya propagación más allá del Canal de la Mancha fue el sueño que le quitó el sueño. La malignidad, decían, con la que Hazlitt ofendía a Dios y a toda noción de ser supremo, fue la nota roja del romanticismo, menos pasajera que los desmanes de Lord Byron, nutritivos, por ejemplarizantes, para las buenas conciencias, pues la perniciosa indiferencia del no creyente lo corroe, con paciencia, casi todo. Genuinamente escéptico, no lo tentaba a Hazlitt ni siquiera aquello de que blasfemar fuese otra forma de comulgar, recurso tan romántico. También fue notoriamente franco en cuanto al sexo sin ser, a diferencia de sus persignados colegas, un disoluto a escondidas.

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Sus camaradas románticos –William Wordsworth, Samuel Taylor Coleridge y Robert Southey– renegaron de 1789 cuando llegó, con el Terror, la guillotina, artefacto pasado de moda cuando Napoleón Bonaparte se convirtió en consúl, primero y en emperador, después. Hazlitt, gran biógrafo del corso, fue el más bonapartista de los ingleses, pecado que nunca le fue perdonado, aunque aquella sociedad –debe decirse– toleraba las opiniones más impopulares mientras no violarán la ley, cosa inadmisible para aquel leal súbdito.

Como crítico, Hazlitt (para él la política y la literatura alimentaban el corazón por la misma vena) se convirtió en el azote de los renegados, de quienes por conveniencia política o por la evolución ideológica propia de la madurez, se volvieron conservadores. Fue testarudo como el que más a la hora de defender y justificar a Napoleón Bonaparte, “el Coloso” que al desembarcar, fuera irrealmente victorioso viniendo de la isla de Elba o derrotado, en definitiva, llegando a otra isla, la de Santa Elena, “hacía temblar al mundo”. Cuando murió Stalin, en 1953, no faltó el tory que dijo que el primer estalinista de la Gran Bretaña había sido Hazlitt, y no le faltaba algo de razón.

La vehemencia de Hazlitt al combatir y denunciar nunca lo apartó del ejercicio del más caballeroso de los códigos éticos del periodista, como lo destaca su principal biógrafo, Duncan Wu (William Hazlitt. The First Modern Man, 2008). El autor de The Spirit of the Age (1825), su libro más famoso aunque quizás no el más importante (hay quien lo prefiere como lector de William Shakespeare), admiró a Edmund Burke como garante de la independencia americana en 1776 y lo repudió como enemigo de la Revolución Francesa. Hallaba grave incongruencia en un escritor al que tenía por sublime y la señaló sin un ápice de acritud o mala fe. De igual forma, al intolerable Coleridge (en buena medida por su adicción al opio) lo tenía por tenebroso, además de difusor plagiario de la metafísica alemana, contraria a la transparencia tan cara a Hazlitt, a su cortesía con el lector. Siéndole ajeno y hasta insoportable, no por ello dejó de reconocer que nadie lo había instruido de mejor manera que Coleridge, el autor de la Biographia literaria (1817).

Si por crítico literario se entiende a quien se bate por sus ideas en la arena pública, escribiendo en los periódicos sobre libros buenos y sobre libros malos, haciendo de esas reseñas, en The Edinburgh Review sobre todo, pequeñas obras de arte del pensamiento a recopilar más o menos cada cinco años (fue quien empezó con esa práctica habitual y pesarosa en el gremio), hubo de ser Hazlitt, el primer crítico literario moderno.

También, agrega Wu, el sketch político, la práctica de salir del parlamento con un bosquejo que enaltece o destruye a un político con la impronta escrita con velocidad y certeza, además de valor, arrojándolo a la opinión pública para ser aupado o devorado, fue invención hazlittiana. El calculador y mustio Sainte–Beuve jamás se habría arriesgado con opiniones de esa naturaleza: parte de su genio (el malo y el bueno) estuvo en escribir lo contrario de lo que pensaba. Schlegel, en fin, se habría entretenido conversado con Coleridge y Hazlitt, sería, para el creador de la Teoría Literaria, tan sólo periódico de ayer.

Hazlitt, tuvo dos matrimonios desastrosos y sólo uno de sus hijos lo sobrevivió. De su generación, sólo Charles Lamb fue su verdadero amigo; nunca tuvo dinero (aunque se empeñó en habitar la ruinosa casa que había sido del poeta John Milton) y ganó cierta fama y alivio dando conferencias. Al morir William Hazlitt, el 18 de septiembre de 1830, recordó los sermones ecuménicos de su padre y los agradeció por haberlo hecho pasablemente feliz sobre la tierra, aunque privándose de la ilusión en la vida eterna.


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