—Hay cosas para las que no estamos listas —dice una madre apesadumbrada—. Ver llorar a tu hijo por una chica… ¿cómo lidias con eso?
—Quizá los padres de ella piensen igual —interviene el padre.
¿Qué debemos hacer ante el duelo de una relación adolescente? Porque ellos lo viven así.
Debemos explicarnos, con cierta cautela, que el descubrimiento afectivo en el ser humano va de a poco.
El bebé, en un entorno amable, se sentirá querido por sus progenitores.
Ese amor será constitutivo: le dará certeza de vida y, en muchos casos, será un referente emocional. El cariño forja, junto con la disciplina, el carácter y la identidad.
Pero, desde la infancia hasta la pubertad, damos por sentados los afectos en los menores.
Su cariño, a pesar de los momentos de enojo, será recíproco y corresponderá al de su entorno; sin embargo, con el disparo hormonal de la pubertad y la adolescencia, las cosas cambian.
Los afectos se viven con una intensidad que parece definitiva.
Se maneja un automóvil de Fórmula 1 con la experiencia de quien está aprendiendo a conducir.
Y si bien las respuestas son esperadas, las preguntas que plantea la mayoría de los padres son relevantes: ¿cómo acompañar el enamoramiento? ¿Es necesario prohibirlo, retrasarlo? ¿Se puede administrar, negociar?
El despertar sexual implica una alta responsabilidad y suele estar acompañado del pudor de los cuidadores y del silencio en torno a los cuidados.
Pero quizá el mayor reto de la adolescencia sea aprender a gestionar los duelos, los rechazos y los acercamientos propios de las primeras relaciones.
Como advertía Erich Fromm, amar no es aferrarse al otro desde la necesidad, sino reconocerlo en su libertad.
El cariño, llevado al extremo, puede convertirse en un riesgo: ver como catastrófico el alejamiento del ser amado o interpretar el rechazo en una relación como la invalidación misma de la persona.
La intensidad puede acabar por asfixiar al otro. Enamorarse requiere aprender a reconocer los límites del afecto.
En México, el 44,8 % de las mujeres de entre 15 y 29 años había experimentado violencia psicológica en una relación de noviazgo.1
Los celos, el control y la descalificación pueden confundirse con muestras de amor cuando todavía se está aprendiendo a amar.
Los padres deben ser ese lugar de consejo empático y escucha segura, sin juzgar ni anular los afectos, sin minimizar la carga emocional ni invalidar la vivencia afectiva por cuestiones de edad, experiencia o madurez.
Las emociones son reales; el paso del tiempo ayuda a que se dimensionen, no porque no hayan sido genuinas, sino porque, en el acumulado afectivo, van ocupando un lugar distinto.
Acompañar no es quitar la incertidumbre ni eliminar el dolor.
Es decirles que pueden con ello, que su valor permanece intacto y que la pareja que se fue tiene derecho a terminar la relación, aun a costa del dolor que eso nos pueda significar.
Cuando los niños pequeños quieren alcanzar una pelota, acaban por alejarla con el entusiasmo de perseguirla.
Lo mejor es detenerse, esperar y dar espacio a la reflexión.
Las relaciones actuales tienen que estar impregnadas de responsabilidad afectiva, serenidad emocional y paciencia amorosa.
Cuando se recibe una inyección, el dolor es real, pero el sufrimiento puede comenzar mucho antes, en la anticipación, en el miedo, en la huida, en el forcejeo.
La experiencia no se limita al líquido que ingresa al cuerpo; también está hecha de la escena que se construye alrededor de él.
En el desamor adolescente ocurre algo parecido: el dolor de la pérdida es inevitable, pero el desgarro con que la vivimos puede intensificarse.
Los adolescentes viven el amor con la pasión de lo nuevo y sin reservas.
Tampoco se trata de negarles el sueño de lo vivido, sino de hacerles saber que del dolor se puede aprender y crecer. No se trata de evadirlo, sino de hacer algo bello con él; de convertirlo, al mismo tiempo, en catarsis y reflexión. Finalmente, algunas de las mejores creaciones de lo humano han surgido del dolor ante el adiós.
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