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Un acuerdo diplomático de alcance histórico ha hecho posible el retorno a suelo patrio de un tesoro documental que permaneció fuera de México durante casi dos siglos. Se trata del Códice Azcatitlan, una pieza fundamental para comprender la memoria indígena que será exhibida a partir de este jueves 17 de septiembre en el Museo Nacional de Antropología. Este acontecimiento cobra una relevancia especial. Se enmarca en la conmemoración del bicentenario de las relaciones diplomáticas entre México y Francia durante este año 2026.

El papel impulsado por el Gobierno de México resultó determinante para concretar la restitución temporal de esta joya historiográfica. La presidenta Claudia Sheinbaum entabló negociaciones directas con el mandatario francés Emmanuel Macron para pactar un esquema inédito de reciprocidad cultural. Gracias a esta gestión del Poder Ejecutivo Federal, el manuscrito custodiado en la Biblioteca Nacional de Francia cruzó el Atlántico. Por su parte, México enviará a Europa el célebre Códice Boturini, resguardado habitualmente en la bóveda de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia. La estrategia gubernamental fortalece la presencia internacional del país. Asimismo, consolida una política de Estado orientada a democratizar el patrimonio cultural y acercar a la ciudadanía las fuentes primarias de su pasado.

¿Qué es el Códice Azcatitlan?

La relevancia del Códice Azcatitlan reside en su potencia narrativa y visual. A lo largo de sus páginas pictográficas, la obra registra la legendaria salida del pueblo mexica desde Aztlán, la sinuosa peregrinación por el altiplano y la consecuente fundación de México-Tenochtitlan. Asimismo, plasma la sucesión de sus gobernantes, el dramático encuentro con las huestes españolas y el nacimiento del orden novohispano. Sin embargo, su enfoque posee un valor diferenciador. La crónica no refleja la visión dominante tenochca, sino que plasma la perspectiva de Tlatelolco. Por lo tanto, ofrece una mirada alternativa sobre la destrucción del mundo prehispánico y la resistencia de las comunidades originarias.

No obstante, la ciencia histórica ha transformado radicalmente la interpretación tradicional de esta obra. Durante décadas, diversas instituciones consideraron que el códice había sido elaborado a finales del siglo dieciséis. Investigaciones recientes sustentadas por especialistas como el historiador Jorge Cañizares-Esguerra y la etnohistoriadora María Castañeda de la Paz han revelado una realidad completamente distinta.

El Códice Azcatitlan no es una manufactura prehispánica ni del siglo XVI temprano. Es una refinada falsificación concebida hacia finales del siglo diecisiete. Su autor material fue un arriero otomí llamado Diego García. Este hombre, lejos de ser un simple comerciante, operaba un sofisticado taller donde manipulaba archivos antiguos del centro del país.

García adquiría manuscritos originales a familias de la nobleza indígena novohispana. Posteriormente, utilizando una habilidad extraordinaria, confeccionaba códices apócrifos para satisfacer las demandas políticas y jurídicas de los pueblos indios de la época. Las comunidades necesitaban fundamentar la posesión de sus tierras. Buscaban también vincular sus linajes con personajes ilustres como Diego de Mendoza Austria Moctezuma. De este modo, la supuesta falsificación se convirtió en un instrumento de supervivencia social y reafirmación identitaria. Es, en esencia, una invención patriótica que buscaba dignificar el pasado ancestral frente al dominio colonial.

¿Cómo llegó a Francia?

El periplo del Códice Azcatitlan refleja las vicisitudes del patrimonio nacional a lo largo de los siglos. Tras salir del taller de García, la obra transitó por la célebre colección de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl y más tarde perteneció al erudito Carlos de Sigüenza y Góngora. En el siglo dieciocho, el coleccionista italiano Lorenzo Boturini la integró en su legendario archivo. Sin embargo, el gobierno virreinal confiscó sus bienes en mil setecientos cuarenta y tres tras decretar su deportación.

En 1840, el investigador francés Joseph Marius Alexis Aubin sustrajo la colección del país para trasladarla a París. Tiempo después, la viuda del comprador Eugène Goupil donó los fondos a la Biblioteca Nacional de Francia. Hoy, el retorno del Códice Azcatitlan a la Ciudad de México no solo liquida una deuda histórica, sino que celebra la vigencia de la diplomacia cultural de la nación.

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