Quien haya leído Los raros (1896 y 1905), de Rubén Darío, recordará el caso del poeta Laurent Tailhade (1854–1919), quien aplaudió, el 9 de diciembre de 1893, el atentado anarquista en la Cámara de Diputados con una sobrecogedora salida de tono que sólo el siglo XX convertirá, de boutade, en tragedia: “¿Qué importa algo tan inasible como algunas víctimas frente a la todopoderosa voluntad del individuo? ¿Qué importan algunos muertos, si el gesto es bello?”
Pero nadie fue castigado con tanta celeridad por los dioses como Tailhade, puesto que el 4 de abril de 1894, otra bomba explotó en el reservado del restorán Fayot, en la esquina de las calles Vaugirard y Condé, que ocupaban el ocurrente panfletario y su esposa Julie Miahle. Perdió un ojo Tailhade y padeció de graves e incurables heridas desde entonces. Los periodistas, idiosincráticamente, nada dijeron sobre si la señora también fue maltratada por las esquirlas, aunque ella le dio a su marido los primeros auxilios y lo condujo a una farmacia.
Tailhade no mudó de ideas al haber sido él mismo víctima de lo que la prensa llamó con sorna “una bomba inteligente” y perseveró en su militancia anarquista, defendiendo más tarde a los dreyfusars y a Émile Zola, su guía. Ejerció la sátira contra los antisemitas y fue acaso el primer escritor en denunciar la pedofilia de los sacerdotes.
Ya conocía, brevemente, la prisión de Sainte–Pélagie, por haberle hecho publicidad a la llamada erotomanía sáfica, a propósito de Rachilde –de quien fue testigo en su matrimonio con Alfred Vallette, tan legendario– y de Gisèle d’Estoc, cuando fue condenado a casi un año de prisión en 1901 por escribir un artículo llamando a hacer del zar Nicolás II blanco de un magnicidio. Aprovechó esos meses a la sombra para traducir a Petronio, pues discípulo de J.K. Huysmans y de su À rebours, sólo amaba el latín de la Decadencia, cuyos “lengua perfumada” era incompatible con “la ignominia del siglo”, según leemos en Le livre des masques (1896–1898), de Remy de Gourmont, quien aseguró, además, que Tailhade, como todos los satíricos, hacía de su enemigo particular el arquetipo del público en general, observación pertinente.
La Gran Guerra, en 1914, lo contagió de patriotismo (el mismo que había denunciado en “Fête nationale”), aunque no por mucho tiempo, pues murió felicitándose por la revolución bolchevique.
Y en cuanto al atentado del 4 de abril de 1894 nunca se supo de su autoría porque, a diferencia de muchos otros, proliferantes durante la Bella Época, ningún anarquista perpetrador se lo adjudicó. Jacques Lebeau en Laurent Tailhade dans la tourmente de l’Anarchie (2014) concluye afirmando lo más probable, es decir, que a Tailhade le hayan dado sopa de su propio chocolate, habiendo sido ese otro “bello gesto”, la venganza de un humorista rival o un trabajito de algún policía haciendo justicia por mano propia.
Entonces, como ahora, la obra de Tailhade, no es de fácil posesión. Escribió numerosos panfletos políticos y sociales, a veces en prosa, como La noire idole (1907) donde cometió la herejía de negar la eficacia de “los paraísos artificiales” en su propio medio –el de los poetas decadentes (zuticos e hidrófagos por igual) adictos a Charles Baudelaire– aduciendo que las drogas, particularmente la morfina, en nada ayudaban a la imaginación creadora sino la alergataban, volviéndola ociosa y fútil. Hablaba Tailhade con conocimiento de causa: esos horrendos dolores, marca del atentado del 4 de abril, los aliviaba, precisamente, con morfina, dejándolo embotagado y ajeno, con su ojo de vidrio, a la literatura y a los duelos, su otra pasión. Su lance más famoso fue con el conservador Maurice Barrès, quien lo dejó malherido.
Este poeta comprometido empezó por ser un parnasiano presentado en sociedad por Théodore de Banville con Le jardin des rêves (1880), tuvo su temporada simbolista, pero la dejó pasar y abrazó la causa social de Henrik Ibsen y aunque fue un elegíaco a leerse no sin dulzura (Poèmes élègiaques, 1907), lo suyo, insisto, fue la sátira.
Sus Poèmes aristophanesques (1904) dejan ver a un espíritu picante y malicioso, a la vez que se requiere de léxico y de conocimiento de aquella Francia literaria, para obtener las llaves de Au pays du mufle (1907 y 1920), donde no deja títere con cabeza, abundante en retruécanos, jerigonzas y bromas personalísimas contra la gentuza que hallaba representativa del género humano. Empero, pese a la floresta simbolista, rehuyó el verso libre con sus sonetos, baladas y villanelas. Su temperamento clásico, era el de un heredero de François Villon, pero un habitualmente pre–furibundo Léon Bloy llamó a Tailhade “cíclope de los urinarios”, por tuerto y por asqueroso.
En el envío de su “Ballade sur le propos d’immanente syphilis” (Au pays du mufle), Tailhade escribió:
Príncipe de amor a quien celebran los habladores
Imiten la continencia de los santos,
ESPUMA DE ORO, y graben el surtidor
De Valentine en la blancura de sus pechos;
El amor huye, pero esa viruela permanece.
Falsificó hasta doce poemas de Arthur Rimbaud, junto a Ernest Raynaud, quien acabaría por ser el historiador del simbolismo. Uno de ellos, improbable y dizque escrito por el Esposo Infernal a bordo en alta mar, se titulaba “Oméga blasophématoire” y resulta un poema tutelado por un par de personajes asociados a Abraham, un hermano vengativo (Abimelec) y un pío sacerdote (Melquisedec). Sus cuatro estrofas podrían decir así, en español:
Cipris ya no canta en las ondas...
Del árbol de la Cruz cuelgan los dioses latinos
Pues ha llegado el Ungido... las rosas,
Púrpura hostial en las mañanas rojas.
Derramando la histeria exangüe, las necrosis
Y, bajo un velo impuro, tales ritos clandestinos,
¡Abimelec con Melquisedec! Las prosas
resonarán, esta noche, por las naos apagadas.
¡El Sauróctono bajo los mirtos de Grecia!
¡Mañanas de júbilo y alborozo
donde Tauro parirá al prenderse de Osiris!
¡Ah! Si deseas la dulce noche, devuelve las Estrellas;
Palabra yo me adentro en el Mar, en botes sin velas,
a saborear el yodo sucio vedado a los lirios.
Lector sobre todo de sus Vitraux (1891), lo admiraba Darío al imaginarlo, en Los raros, como “un enamorado que fuese a las santas basílicas para arrancar los mejores adornos para decorar con ellos la casa de su querida”. Ello dice más sobre Darío que sobre Tailhade. En una época llena de piadosas y mediáticas conversiones donde conservarse católico ajeno a la alharaca, como el nicaragüense, sin querer ser un poeta católico, no resultaba cosa fácil. Darío era insensible a las remotas guerras religiosas que apasionaron a algunos de admirados parnasianos, como Tailhade (aunque francmasón como el propio Rubén) o Leconte de Liste, anticristianos profesos y estridentes. Para el autor de Los raros, ecléctico o “alquimista” como alguien lo llamó, sí Europa continuaba naturalmente en América, el paganismo se parecía al cristianismo como el hijo al padre.
Darío, quien se hizo dibujar y pintar como monje cartujo, distinguía a la fe de los fastos estetizantes del catolicismo, que llevaron a los Oscar Wilde, tentados por la conversión, a Roma. En ello fue más moderno que algunos de los poetas blasfemos, su admirado Laurent Tailhade, entre ellos.
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