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Desde los años noventa del siglo pasado, México ha registrado un extraordinario crecimiento de sus exportaciones, las cuales se han orientado principalmente hacia Estados Unidos. Además, desde enero de 2023, México ha sido el principal exportador a ese país, superando a China y manteniéndose por encima de países como Canadá, Taiwán y Vietnam.

El elevado dinamismo exportador de México ha sido resultado de una creciente integración productiva con Norteamérica, la cual ha permitido crear una plataforma manufacturera cada vez más sofisticada, especialmente en los sectores automotriz, electrónico y aeroespacial.

Sin desconocer sus beneficios, el éxito exportador de México no constituye, por sí mismo, una prueba de progreso económico generalizado. De hecho, los indicadores del desempeño económico del país han sido decepcionantes. Con base en la información del Banco Mundial, en el periodo 1990-2024 el crecimiento promedio anual del PIB per cápita en términos reales, la medida más comúnmente aceptada del desempeño económico, se ubicó en aproximadamente 1.1 por ciento, uno de los más bajos entre las economías emergentes.

El desempeño de México ha sido especialmente pobre si se compara con el de los países asiáticos que también se han orientado al exterior. Por ejemplo, durante el periodo de referencia, el crecimiento promedio anual del ingreso real por habitante de China, Taiwán y Corea del Sur fue siete, cuatro y tres veces y media el de México, respectivamente.

La superioridad del desarrollo de las naciones asiáticas resulta sorprendente si se considera que ninguna ha contado con dos factores fundamentales sobre los cuales se ha apoyado el dinamismo exportador mexicano: la ventaja natural de tener una frontera común con Estados Unidos, que reduce los costos de transporte, y un tratado comercial que otorga acceso preferencial a la economía más grande del mundo.

Si bien cada país tiene sus peculiaridades, una diferencia importante entre México y las economías asiáticas ha residido en la manera en que se han orientado al exterior. En términos resumidos, México buscó integrarse a Estados Unidos para atraer compañías extranjeras que pudieran exportar bienes ensamblados en su territorio, con un alto contenido importado, bajo valor agregado interno y limitados vínculos con proveedores nacionales, aprovechando principalmente la ventaja del bajo costo de la mano de obra y la cercanía geográfica. En otras palabras, México buscó competir en costos, en lugar de hacerlo mediante la innovación.

Por su parte, las economías asiáticas fueron más allá de atraer inversión extranjera y basarse en mano de obra barata. Buscaron que sus empresas llegaran a ser competitivas globalmente mediante una fuerte inversión en investigación y desarrollo, educación e infraestructura, la creación de sus propios productos y el avance en la cadena de valor. Las exportaciones no fueron el objetivo último, sino el mecanismo para aumentar la productividad y fomentar la innovación.

El contraste anterior ilustra la diferencia entre integración y transformación. México se integró extraordinariamente bien a la economía estadounidense, y esa integración generó exportaciones. La productividad aumentó en el sector exportador, constituyéndose este en una especie de “enclave”, al no extenderse esas ganancias al resto de la economía. En cambio, Asia del Este transformó sus economías, y esa transformación produjo un crecimiento sostenido de la productividad total y un aumento acelerado del nivel general de vida.

Para reducir la brecha de desarrollo respecto de los países avanzados, México debería ir más allá de basarse en sus ventajas tradicionales y transformar su economía. Aunque no es posible imitar literalmente la experiencia asiática, el ejemplo de esas economías resulta alentador.

La agenda económica del país es amplia, pues requiere comenzar por remediar las deficiencias que han generado un comportamiento errático y débil de la inversión. El gobierno debería sanear el ambiente de negocios, que en años recientes se ha deteriorado debido al debilitamiento de las instituciones y al aumento de la incertidumbre regulatoria.

Además, debería proporcionar los bienes públicos fundamentales, como el respeto al Estado de derecho, la seguridad pública y la construcción de infraestructura, así como eliminar las trabas a la libertad económica. La estrategia económica hacia el exterior debería fortalecerse mediante el impulso a una amplia formación de capital humano y capacidades técnicas, así como el apoyo a la investigación y el desarrollo.

México debe superar el principal obstáculo para su transformación económica: la complacencia derivada de conformarse con el éxito exportador y confundirlo con el progreso económico


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